Ciudad del sol

- 146 __;__ protesta impotente y dolorosa por el desamor de la obra renovadora. ¡-Renegar contra la España de la cionquista que de- rribó las piedras de la idolatría, cuando ahora .se ulti- ma el arte precioso del amor sagrado! - Un obrero, adivinando mi tristeza, 1 me dijo:. "To- do quedará muy bien, hasta el T'abernáculo lo voy a mo- dernizar, dejando las tabla·s nanas pintada 1 S de blanco". M,e alejé de San Cristóbal recordando las palabras b 'bl. ' 'P d' l S - " I icas: er ona os enor ...... . En la explanada que sirve de atrio a esta Iglesia, delante de la puerta, se ven dos instrumentos de supli- cio: dos horcas de piedras, probablemente de origen inquisidor. Tormento doble debieron sentir los ajusticiados; desde ese paraje donde se auna el recuerdo de las dos religiones : la cristiana y 1a del Sol, el de la belleza pa- norámica .. .Allí el deseo de vivir debe sentirse intensamente y los cla-mores de los condenados -debieron ser desgarra- d ores: abajo la mirada .s.e recrea con el paisaje dánde aparece la ciudad abrigada por verdes montículos; y hacia 1o alto, la Tuina soberana de Colcampata predis- pone, más . que a la aspereza ciclópea. de la religión re- negada, a la dulce rem·ermbranza, ciumo si el Inca, ge- nerador de la dinastía, hubiese legado a su morada al- go de su corazón. El San ·Cristóbal bendito, destronado de su altar recamado de oro, como los mantos de Nuestra Seño- ra, permaneeerá siempre aunque sea entre las tablas lisas y blanqueadas que le ofrenda la humildad m!O- derna y se le venerará con igual devoción que antes, con , la mis'ma fé que desde España le impoirtara.

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