Veladas literarias de Lima: 1876-1877

JUANA M. GORRITI 303 Era un hombre al parecer de treinta años, de estatura ele- 'J vada y fuerte musculatura. El color bronceado de su rostro contrastaba de un modo extraño con sns ojos azules y el blondo a~diente de sus rizados cabellos. Saludóme con una triste sonrisa; y como en ese momento llegáramos al paraje en que la cruz y la rama de tala señala- ban la tumba del fugitivo, detúveme para elevar por él, á Dios, una plegaria. -Ah! señora-exclamó el incógnito, viéndome enjugar una lágrima-dad algo de esa tierna sensibilidad para aquella otra sepultura sin cruz ni sufragio, en la que yace olvidada una infeliz muger víctima del amor maternal.- y su mano tendida hácia el barranco de Camaceras, me mostró un montículo de tierra en el fondo de la honda sina, al lado del camino. -Oh! Dios! ¿Un asesinato? -No: una desgracia .... ademas ella ocurrió hace muchos años, y .... lo que pasa se olvida. Sonrió con amargo sarcasmo y haciéndonos un saludo, des- vióse del camino y echó pié á tierra, quitó el freno á su caballo y se puso á hacerlo beber en un charco. -Ese hombre va á bajar al zanjon,-dijo uno de mis com- pañeros. -¿En qué lo conoces?-preguntó el otro. · -No ves que lleva al agua el caballo á esta hora? Claro es que quiere engañarnos.-- En ese momento encontrando la bifurcacion del camino que se divide en los dos ramales de las Cuestas y del Pasaje, tomamos el primero y perdimos de vista al desconocido ca- minante. La ruta que llevábamos llamada de las Cuestas, extiéndese encajonada entre cerros de aspecto agreste y pintoresco. Ra~­ dales de límpida corriente descienden de sus laderas y riegan cañadas cubiertas de arbustos floridos y olorosas plantas, cuyo perfnme snbia hasta nosotros en tíbias y embriagantes

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