Veladas literarias de Lima: 1876-1877

e 26í, VELADAS LJTERARJAS Sin volverme, dirigí de soslayo :una t_emerosa ojeada. Un grupo d(--1 señoras que no podia ver en detal, pero cuyas voces me eran conocidas, se ocupaban de mí señ¿l.lándome con esos gestos casi invisibles, percibidos solo entre mugeres. -~s ella!--decia una-ella-misma! -Laura? qué desatino!-Si está desahuciada-replicaba otra. -Cierto! -añadía una tercera-el doctor M., que asistió á la última junta, me dijo que ya no era posible llevarla á la sierra porque se moriría antes de llegar á Matucana; y que no comprendía cómo sn médico no la mandaba preparar.- Aunque yo sabia todo aquello, pues lo había leido en los triRtes ojos de mi madre y cojiclo en palabras escuchadas á distancia, proferido ahora con la solemnidad del sigilo y la frialdad de la indiferencia, me hizo estremecer de espanto. Las palabras del doctor-En la primera etapa todo habrá con- cluido,-resonaron en mi oído como un tañido fúnebre; el malestar producido por mi debilidad me pareció la agonía, el rápido curso del tren, la misteriosa vorágine que arreba- taba el alma en la hora postrera ...•Hundida, y como sepul- tada en mi asiento me habia desmayado. El brusco movimiento impreso por la máquina., al detener- se, me despertó del anonadamiento en que yacia. Nos hallábamos en frente de Bt>.lla-Vista; la puerta del wagon estaba abierta y varias personas habian entrado y tomado asiento. Un jóven listo y bullicioso que subió el último, vino á sentarse cerca de mí, restregándose las manos con aire con- tento. -¿Cómo es esto, Alfredo-le dijo al paso uno de los que entraron primero-hace un momento que te dejé tendido en cama tiritando de terciana y ahora aquí? -¿Quién tiene terciana cuando hay esta noche concierto? -respondió aquel, pálido aun y enjugando en su frente gruesas gotas de sudor.

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