Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas
E~TRE LAS SOMBRA~. r43 de la desgracia, sus notas interpreten á Gounod en el (cAve María,» subirá por vos tierna· oración al cielo! No fué escuchada nuestra súplica. El comercio vive del número y su cielo es la mul- tiplicación de un ciento sobre otro ciento. Las notas de Gounod son vibraciones que van al ai- re sin penetrar nunca la fibra de los corazones escép- ticos con el ecepticísmo calculador del makrialismo. El dinero ó el Pleyel. Ah! era fuerza entregarlo! Y el Pleyel fué sacado en hombros, y le vimos ale- jarse como el ataúd de un ser querido á quien se llevan á la soledad del cementerio!! . . . . . .. Y aquel día, día horrible cuyo recuerdo enferma el presente, dichoso en el taller del trabajo, escribímos una página donde se distinguen las huellas de la llu- via del alma, y trazámos las sentidas .frases _de la au- tora de ((Sueños y Realidades)) en los apuntes del via- je de la vida, acercándonos á e as sombras que vagan junto á los sepulcros, sombras que velaron un mo- mento miestra infancia para alzarse después hacia ese infinito desconocido: cqAh! yo también, sombra viviente entre esas vanas som- bras; yo también voy allí con el recuerdo á reconstruir mi vida despedazada por tantos dolores, y extraer del delicioso oasis de la infancia, algunos rayos de luz, algunas flores pa- ra alumbrar y perfumar mi camino. ¡Ah1 cuántas veces, huyendo dd desolado presente, he tenido necesidad de re- fujiarme, como á mi único asilo, en las sombras del pasado, y evocar las nobles aceiones de los muertos para olvidar las infr J11as de los vivos; asü·me á la memoria di? las virtudes de aquéllos, para perdonar á la Providencia los crímenes de ,éstos; colocar en la misma balanza la deslealtad, la per- fidia, la cobardía y la impiedad con que los unos han es- candalizado y entristecido mi juventud, y la lealtad, la fé, el heroísmo y la piedad con que los otros unjieron mi in- fancia, para poder decír, ¡Dios es justo! . . . . Mas, aho- ra, como .entonces, apartemo;:; nuestra mirada de los malos, esa bilis necesaria, quizá, en la eterna sabiduría, al equilibrio
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