Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas
HOJAS SUELTAS. ~~~~~ ~~~~~ Todo había muerto y sólo restaba un corazón en- fermo y una alma fuerte. El estandarte negro, paseándose triunfador de un punto al otro de Ja patria, todo lo había tronchado co- mo el aquilón bramador que ceba su furia en el ar- busto indefenso. Luto y lágrimas, desolación y miseria, hé allí el legado que deja la guerra al volver hacia el seno de la cueva tenebrosa de donde saliera en hora malha- dada, atraída por el desquiciamiento social. También esa herencia recibió la quinta. Peto, aun restaba una esperanza, y donde alumbra esa luz ben- dita no penetran las tinieblas. Restaba la esperanza del trabajo. Mas ¡ay! ¡mentidas ilusiones! La crueldad es el pas- to de los corazones mezquinos y la avaricia pocas cuentas abre á la desgracia. Todo debía derrumbarse al soplar de la perfidia. En · rededor se extendía ya el campo de la desolación es- pantosa, y faltó hasta el alimento que en las ciudades se prodiga á los pobres en la hora de la misericordia. En la quinta restaba un ser querido que, alzándose en la desnuda vivienda, solía consolar la desgracia dul- cificando los suspiros, esos quejidos del que llora en silencio. Era un negro y hermoso Plqel, en cuyo fren- te estaba cincelado, sobre rica madera, el escudo de la patria peruana. ·De todos los amigos del tiempo de la opulencia, quedaba Llno, fiel y cariñoso como siempre; Nep el lindo terranova de piel ondulosa, que, sin participar del egoísmo del siglo no acertó á retirarse ni supo medir la diferencia entre los ddicados bizcochos y el 1 .umil- de pan de cebada. Un día llegó el armador á exijir· los restos Je la quinta. · s~üor, le dijímos-con vos entrecortada ·--dejadnos el · Pleye! que(será ei consuelo de la orfandad agonizante, cuando al caer de esas tardes, enlutada.::; p::>r las nubes
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