Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas
37 mo Autor de l · armoni~e. ~ p ' le en sus obrás, y n .._- - u. - en .!!:<tonel 1f~~tre ptililicista francés-«¿Qué serás tú sien~o tu obra tan .grande? ¿Qué ~ es· lo que somos nosotros? M'iserables mitos humanos que han llegado á figurarse qu~ te conocen á plenitud! ¡Oh gran.Dios! ¡qué pequeños somos! ¡cuán pequeños! ¡átontos, nada! ¡Ctián grande eres! ¿Quién fué el que se atrevió á n'ombrarte; por primera vez, acá abajo? ¡Omnipóte·ncia • y ternura infinitas! ¡Inmensidad subli'me!» ·y aquí · surca una lágrima y esa gota caída nos re- cuerda que de la primera lágrima vertida por la rnujer en d Paraíso, nació un~ flor oalsámica: nació la espe- ranza, que, siglos después, encarnando en el ·seno de otra mujer Virgen, sería la fuente de toda consolación para la desheredada estirpe de Adán. Y adoramos á Jesús el Nazareno, hijo de lVlaría, la blanca paloma de Galilea~ desposada de José. Seguimos con la memoria su predicación, sus tor- mentos, su muerte afrentosa y llegamos por fin á la hora dél tornar otra vez á Ja batalla de la vida; mas en- contramos nuestro bagel engalanado con las simbóli- cas flores d~ la santa peregrinación que,_frescas y loza- nas, nos circundan mostrándonos el reír de la alegre maáana de resurrección, · Sublimes armonías del mundo espiritual. ·. . IV ¡ • Bógamos, bogamos contentos y felices. ~uena otra vez la tormenta del alma, arrecia la tem- pestad, caen las flores una á una, soplan los vientos in- vernales_que nos hacen suspirar: rotos los mástiles, pe- ro !ay! la voz atronadora -de las pasiones no alcanza á sofocar la voz del alma que implora salvamento, y Aquéf que da á la florecilla de los campos su belleza
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