Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano
RECUERDOS DE UN BIBLIOTECARIO PERUANO 53 No sólo del suelo calcinado y cenagoso teníamos que sa– car los fondos de la nueva Biblioteca. Había una segunda labor que empezó de inmediato y fue tomando mayor impulso, cuan– do, hacia enero de 1944, ya se hizo innecesario permanecer en el "reducto" donde habíamos vivido, en el antiguo local de la Biblioteca, dentro de un misérrimo conato de oficinas y de– pósitos de libros en el sector que antes ocupara el Archivo Nacional. Allí llegó, de paso por Lima, el catedrático y crítico chileno Arturo Torres Rioseco. Impresionado con el cuadro desolador del edificio en ruinas y de nuestro pobre alojamien– to, Torres Rioseco dijo a un amigo que si fue cierto que el ejército chileno, al ocupar Lima, se había llevado los libros de la Biblioteca Nacional, por lo menos les había dado mejor tra– to. Tal vez no percibió bien que en esos primeros meses des– pués del incendio, necesitábamos quedarnos al lado de los escombros para excavar, buscar y ordenar todo lo que fuera posible sobre el terreno mismo, por incómodo, o desagradable, o poco decorativo que pareciese. La segunda etapa comenzó cuando, ya por la razón ante– dicha y porque era necesario ir a la demolición para empezar el nuevo edificio, fue necesario mudarnos. ¿A dónde podía– mos ir? Por un momento pareció que conseguiríamos el local del Banco Alemán Trasatlántico, lo cual habría sido esplénai– do; pero tan bella ilusión no resultó posible, a pesar de rei– terados esfuerzos. Se me insinuó como lugares apropiados, entre otros más inconvenientes, el llamado "Castillo Rospiglio– si" y la antigua casa de la Compañía de Agua Potable, en la calle Padre Jerónimo. Al primero lo consideré demasiado le– jos de los centros oficiales y particulares con los que nece– sitábamos frecuentes contactos. La segunda hallábase en un estado semi-ruinoso y en esa situación no parecía albergue conveniente para la Biblioteca Nacional por un período que podía ser largo. Por fin, después de innumerables idas y veni– das, y debates, se convino en que nos alojaríamos en un sec– tor de la Escuela Nacional de Bellas Artes, en la calle de San Ildefonso.
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