Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano

42 JORGE BASADRE estrechamente ligados a los catalogadores que don Carlos ve– tó. Con una lógica simple y, por ello, peligrosa, el silogismo predominante fue éste: "Romero no aceptó la catalogación; quiere decir que procuró ocultar anomalías en la Biblioteca; por lo tanto vino el incendio". Los organismos burocráticos no se dejaron oir en esta campaña difamatoria. El anciano historiador se halló ante la obligación de asu– mir la responsabilidad de una defensa enérgica. Ella no se produjo. La única vez que hablé con él, · ya consumado el siniestro, fue durante mi visita a la Biblioteca con el Ministro Solf y Muro. Me pareció aturdido y abrumado y casi no con– versó, si bien yo lo recordaba como hombre muy lenguaraz. Al arreciar las críticas, optó por ir todas las tardes, en acti– tud de desafío visible y permanente, ante quienes transita– ban por la puerta del establecimiento comercial conocido co– mo la "fuente de soda" de Castillo, en la .calle Boza, colgados en el pecho los emblemas de todas las condecoraciones que había recibido. Quizás el único testimonio suyo apareció en el periódico Jornada, de 3 de setiembre de 1946. Por eso, vale la pena transcribirlo íntegro: · "Tántas cosas se decían, tánto se había hablado. . . que no creíamos era "esa" la casa que buscábamos. - No, chofer. Más allá. -¿ Qué número? - Espérese, y buscamos en nuestros bolsillos la di- rección: Paruro 1064. - Bueno, es aquí. No hay otra calle del mismo noin– bre. Era una de esas casonas de un solo piso, con sus ar– cos gastados y el empedrado de su patio cubie~to de mus– go. Era una casa muy vieja y muy pobre. . . pero, era allí donde vivía don Carlos Romero. El viejito sordo de la Biblioteca nos abrió personalmente la puerta- de cinco hojas, carcomida, de su casa. Nos habían dicho que tenía mal genio y entramos con· cuidado. Hablamos muy fuer– te, pero no nos escuchó. Con extraña agilidad acercó una silla y nos la ofreció mientras bailaban · en su cara sus

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