Aprovechamos esta nota aparecida en la prensa local para discutir brevemente algunos aspectos de la política tributaria que rara vez se comentan. El objetivo principal de la política tributaria es recaudar ingresos fiscales de la manera más eficiente, para lo cual se deben cumplir principios básicos que minimicen la distorsión de la actividad económica utilizando impuestos que sean de fácil y equitativa recaudación. Pero en ocasiones también se puede usar la política tributaria como un mecanismo que busque corregir alguna de las denominadas «fallas de mercado». En este caso, existe lo que se llama una «externalidad»: el consumidor (de grasas polisaturadas) no incluye en su decisión de comprar el costo que estas, muy probablemente, tengan para la sociedad. Es probable que, más adelante, el comprador se enferme con más frecuencia y, en Dinamarca, el sistema público de salud tendría que atenderlo a un costo elevado para la sociedad. Se busca afectar la decisión del consumidor mediante la aplicación de un impuesto con el que se «internalice» el costo para la sociedad. A esta forma de intervenir en la economía, la aplicación de un impuesto para corregir la asignación de recursos que, en estos casos, el sistema de precios de mercado no hace correctamente, se le denomina impuesto pigouviano, en honor a Arthur Pigou, el padre de la economía del bienestar. Posteriormente, un Premio Nobel de Economía, Ronald Coase, propuso otro mecanismo de intervención pública superior a los impuestos pigouvianos, aplicable en algunas ocasiones distintas a esta. Coase sugirió que, bajo ciertas circunstancias, el mercado podría optimizar en nivel de la externalidad. Las cuotas individuales de pesca para consumo humano indirecto proporcionan un ejemplo de una aplicación coasiana a la realidad peruana. Así como los países más desarrollados gravarán la grasa saturada y ya aplican impuestos al azúcar, el chocolate, las bebidas gaseosas o los saborizantes artificiales, por ejemplo, en nuestro país hay algunos ejemplos de impuestos que se supone son pigouvianos: los impuestos selectivos al consumo (ISC) de los combustibles y las bebidas alcohólicas. Lamentablemente, ya sea por razones políticas o de errores en el diseño, no se gravan adecuadamente la contaminación o el contenido alcohólico. Sabemos que no se gravan los combustibles de acuerdo al nivel de contaminación: el impuesto al residual debería ser altísimo, el impuesto al diésel debería ser mayor al de las gasolinas, mientras que las tasas del ISC a las gasolinas deberían ser inversamente proporcionales a su octanaje. Sin embargo, no se quiere enfrentar a los gremios de transportistas que usan como excusa el costo de los alimentos y pasajes. 593
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