Perlas y Flores N°18 al N°57

/ PBRLAS 1f ~LORB@® -~~►-- SEMANARIO CO:MERCIAL~OBSEQUIADO A LAS FAMILIAS. I Año 1L } Sábado 26 de Setiembre de 1885. { No. 52. · EL NUEVO ENCANTO de la MUJER L poderoso atractivo que esa bella mit'ád del género humano, que se llama mujer, ejerce sobre la otra mitad que se llama hombre, ha adquiri– do reoientement,e, digámo1do así, un nue• vo encanto. El secreto estaba cuidadosamente guardado en las profundidades de ese sa– co misterioso, donde se ocultan todas las cosas que no se saben. Una mano curiosa ha tropezado con él, y sacándolo de la oscuridad de su es• coudrijo, ha dicho: Aquí está esto. La mayor parte de las mujeres q ne lean estos renglones, al llega.r aquí lle– nas de impaciente cur.1osidad acudirán al espejo, buscando en él ese nuevo ·atractivo, ese nuevo encanto que poi;eían sin saLerlo. . Examinarán atentamente las mas se– ductoras combinaciones de la mirada, probarán todas las actitudes, todos los mo-vimientos, todas las sonrisas, y se apartarán del espejo, dirigiéndose á sí mismas esta pregunta íntima: ¿Qué será? Despues de una meditacion mas ó mé– nos profunda, se darán una palmada en la frente: ya estau en el secreto. La moda infatigable ha producido al• guna nueva, y extraordinaria maravilla, que hace irresistible para el oorazon del hombre el imperio de las mujeres. No ha.y duda; o.quí hay alguna inven– cion maravillosa., algun adorno supremo que posee la doble virtud de realzar la belleza de las mujeres hermosas, y de ocultar las imperfecciones de las muje• res feas. Aqui hay un vestido irresistible, un aombrero encantador 6 un aderezo celes• tial que h& convertido de repente á la mujer en ánjel. ¿Será esto? Quizá no sea un ~aprioho de la tnodá ~ tal ;vez sea ,.un prodigioso paso de la ciencia. Quizá no sea ni un vestido irresisti· ble, ni un sombrero encantador ni un aderezo eelesti'II¡ acaso no sea mas que el prodigio de un cosmético. ¿Será posible? ,z Hay un hombre que ha descubierto la ' Belle~a eterna; este hombre, que se llama Baynaud, ha participado al mundo civi– lizado su descubrimiento por medio de la imrrenta. pueblo, de casa en casa, anunciando á la gente que el señor Raynaud vende á dos reales sl arto sup1·emo de conservar– se y embellecerse. Hermoso hombre debe ser este. Midamos toda ln profundidad de esta, maravilla. Nada hay mas caro para. los hombres que la belleza de las mujeres: la pagan a peim de oro, y muchas veces á peso de tlP.sdichas; pero ¡oh felicidadl Raynaud Vtnde la Belleza eterna, á dos reales. L9. naturaleza. avergonzada debe huir y ocultarse en el último rinoon de la tie– rra. Ella otorga el don de la herm')sura á. su co.priclio, gratis, es verdnd, pero ape– nas lo e.la cuando lo quita. Her mos ura fugitiva. quo deslumbra. como la luz del relámpago, y que como el relámpago desaparece. Hermosura cruel, que escapa precisa– mente cuando mas se necesita. El señor Raynaud es mucho mas ge– neroso que la naturaleza: da por dos rea.– les una belleza eterna. Las mujeres, embellecidas por el señor Raynaud, pueden decir ya sin escrúpu– lo y sin reparo: esta belleza es mia, co– mo los demas decimos: ese es mi som– brero, este es mi reloj, aquella es mi ca– sa. ¿Será este el n11evo encanto que ha adquirido el atractivo de las mujeres? Tampoco es este. Ni á la moda, ni á l a quimica, ni a.l arte del señor Re .yna.ud deben las muje– res este famoso d escubr imiento. No oonsiete ni en la oorrecoion del perfil~ ni en la gracia de la sonrisa, ni en la dulzura. de la mirada. No consiste tampoco en el aire seduc– tor de un lazo espiritual, ni en el color, ni en la figura, ni en los adornos. Es un atractivo que no está en las tnttjeres, que está solo en la mujer, por– que está en toda.a y solo podemos encon– trarlo en una. Enoanto si¡igular. ellas mismas no seben g_ue lo tienén, y parece como que están empeñadas en no querer ten~rlo, Fijemos por un momento la mu-ada, detenga.monos un instante. No hay nada que quite tanto la vida al hombre como las mujeres. Todos dicen é. todas; Juana, Emilia, Francisca, Nioolasa, Julia, yo me mue~ ro por ~í · u·e muohafi veces: esa mujer me está m tando? Esa I)'.\njer es unas veces una y ot vece& otra, ó mas bien, eso lo dicen dos los hombres á todas las mnje es -¿Me quieres? pregunta la m Siempre que hace e~ta pregu que lo sabe. El hombre contesta: no como, duermo, no piemo, no vivo. Eso lo preguntan todas y lo oontest todos. Los hombrea se pierden por las m jeres, se arruinan por las mujeres; s deshonran por las mujeres, se muere por las mujeres y se matan por las m jeres. ¡ Las mujeres ! he ahí la muert hombre. Pues bien, he aquí el prodigio: Las mujeres nos matan, pero hay mujer que nos alarga la vida. ¿Dónde está esa mujer? -En todas partes, -¿Cómo encontrarla? -Donde quiera que haya una esa es. --¿Será hermosa? -O fea. -¿Será rica? -O pobre. -¿Son todas? -Es una. -¿Una. sola posee ese singular legio? -No, lo poseen todas. -He aqui una cosa incomprensi -He aquí una cosa matemática. -Ea un juego de palabras, -Todo lo contrario es una se hechos. -¿Quién los sabe? -La exoerieucia. -¿ Quiéñ los cuenta? -Los números. Ábramos el arcano. El doctor Strak ha leido á la Ac mia de Edimbnrgo una. estadística; ella resulta que los hombres casa.do v ven por tértnino medio vein te años 1a que los solteros. Y debe ser asi. El amante dice á todas las muje «Por tí me muero., El marido dice á, su mujer: e P vivo., Dice el amante: mi esperanza, mis siones, mí amor. Y dir;~ el marido: mi mu·er

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