Perlas y Flores N°18 al N°57
PmRLA9 Y WLORme® ---~ -◄t~----- SEMANARIO- COMERCIAL OBSEQUIADO A LAS FAMILIAS. Ail~II: r ······· ········ .................... ;, .. , ................ UNA LAGRIMA SALVADORA. JJALADA. I. Sábado 20 de Junio de 1885. De nada el aµioroso y triste ~cento con que ll~ma á los que un día la lison– jearon. Con su vidá vá terminando su espe– ranza: ¡ nadie tiene de ella compasión l ¡ Porque es sola 1 1 porque es huérfana 1 Y acuden en tropel mis pensamientos Cual fatídicas aombras á la mente, Haciendo que, al rumor de mis lamentos De lágrimas me inunde gran torrente. A L pié de un florido naranjo, un . rosal ex.tendía sus fértiles re.– mas. ¡Oh recuerdos! huid de mi memoria; No vengais á robarme la esperanza! IV. Soñaré con la aicha, aunque ilusoria D , bºt d ' bºl I d 1 d • La contemple y risueña en lontana 11 za,l Una sola flor se ostentaba en ellas. Los pájaroa venían á modular armo– niosos trinos en atabanzas de su naca- rado color. . Las tórtolas que en la selva habit-a– ba.n, arrullaban dulcemente su belleza , e su 1 o, un e .1 sop o e aura o- blegó la rama que la daba vida. · En sus replegadas hojas oscilaba una gota de rocío. Esa gota resbalo al cáliz de la flor. Sus pétalos se irguieron dulcemente; y pasado un· instante, la flor se ostPnta– ba hermosa y lozana, como en los días Sí, dejádme sofí.ar , qne en mi agonía Embriagarme quisier a en Julce sueño; Dejádme, que en mi ardiente fantasía Hallaré de mis penas el beleño! Dejádme, por piedad, que en tni deseo Dibuje un porvenir con la esperanza; El arroyo que á sus piés serpeaba, le enviH.ba en sus murmuriott un suspiro de amor, que se oonfundía con el perfu– me de sus pétalos. primeros de su existencia. Aquella gota de rocío la no estaba solal ' Y un momento veré lo que no creo: salvó. 1Ya. Tras ruda tempestad, calma y bonanza. El rocío de la alborada vertía sus cé~ licas perlas en su cándida corola. Las aui-as, meciéndola blandamente imprimían púdicos besos en sus dora– dos pistilos. La luna·y las estrellas le enviaban su ténue claridad. ¡Era tan hermosa! II. Llegó el estío. Las auras dormían dulcemente en sus balsámicos lechos de flo.res. El arroyo se había agotado. Laij tórtolas y los pájaros se habían v. ¡ Triste del huérfano, del que á todos llama y al que ninguno acude r ¡ Feliz quien, para calmar su descon– suelo, tiene una lágrima vertida en su seno J>Or una madret Esa lágrima rege– nera, como el rocío á la flor que ha mar– chitado el estio. Es u'!'la lágrima salvadora. IsABEL P. DE LLORENTE. A la luz del recuerdo. \rolado al monte buscando la frescura. El sol lanzaba abrazadores rayos.– La flor se inclinaba múatia., Sus aromados pétalos palidecían. Oual reo que al compás de sus cadenas~ · En mitad de la noche silenciosa Recordando una á una edi sus penas, En sombria morada y pavorosa, De pronto su voz triste y doliente, Ubmo un gemido, vibró en el espaciot .e¡ Aves que _arrullásteis mi na.cimien• to con vuestro dulce canto, venid á mí t •¡Arroyo, que al deslizarte á mis píés saludabas mi belleza cQ..n tus cristalinas aguas, vén á mí 1 • ¡ Auras purísimas, venid a mí 1 1 ¡ Luna y estrellas, alejád con vues– tra ténue claridad; los mortíferos rayos de ése sol abrasador t • Más ¡ayl nadie me consuela en mi agonía! ¡ Porque estoy ~ola l ¡ Porque soy huérfana I» Asi y6, eII mis horas de amargura, Repaso, una por una, en mi memoria Las hojas que escribió mi desventura En el libro que llamo de mi historia. Ese libro lo llevo aquí; en el alma, Como avaro que guárda su tesoro; Lo que hay eecrito en él, .robó mi aalma, Y por eso al leerlo siempre lloro. ta hiel que infausta de¡;;til6 la suerte De mi vida en el cáliz tan querido, Hirió mi noble corazon de muerte, Y por eso lo tengo adolorido, II!. Y a.sí, convulso, enfermo y 11gitac1o La flor más y más abatida, mira. lle• Cual hoj a dé'bil que sacude el viento, IJar s u últi ma bora i. Lucha oon el recuerdo del pasado, , De ua.da , le va.le su belleza. Mas no puede 1enoe1·•• ¡Vano es su jij.teutoJ En vano del recuerdo huyo anhelante, .Buscando en mi delirio una quimera: El mata mi ilusión á cada instante; El destruye mi dicha pasajera. FELISA M. D;E CHAVEZ. El peinado de las mujeres, Charles Blanc, uno de los primeros críticos de arte · dQ su época y hombre de altísimo gusto, ha dicho que el peinado no es sino una conaicion de belleza pa– ra las mujeres, y que hay necesidad de conocer los principios ciertos que deben seguirse para construir de aus cabellos el edificio hermoso. «La primera cos_a, agrega en seguida, que hay que cona1derar en una mujer que se prepara á esta grande obra la toilette, es la configuracion dé su cab~za, que es necesario comparar tambien a la estatura del cuerpo, á su esbeltez 6 á sú grosor. Pero si se quiere hacer de la fi. gura humana un -verdadero cuadro ar– tístico; que se quiere terminar, es neoe .. sario peinarla _delante de un espejo.» Y despues de muchas reglas, observa– ciones y consejos dados con la cartilla en 1 a mano, el crítico extraordinario ter– mina su escrito diciendo que, á pesa1· de todo, tódos saben que no hay mejor peinado que la juventud. Ovidio, el inmortal poeta latino que estuvo locamente enamorado y que fué hasta expatriado por ese amor inaudl to, no desdeñó un dia t1scribir, en muy ele.. gan,tes versoa sobre el peiu~do de laij muJe1·eiu
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