Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 79 que habiru, <-Ukuu i:uuena a gua a e colonia. Ese proce– dimiento me proporcionó dos horas de tranquilidad, pe– ro después me sentí asaltada por millares de pulgas .que subían a mi cama. Es preciso haber vivido en los paises en donde abundan esos insectos, para poder figurarse el suplicio de sus picaduras. Los dolores que se sient.en ata– can los nervios, inflaman la sangre y dan fiebre. El Pe• rú está infestado por esos insectos . En las calles de Is· lay, se les ve saltar sobre la arena. Es imposible pre• serva rse de ellas totalmente ; pero con más limpieza en los usos del país, estaría uno menos incomodada . VIII (4) AREQUIPA Me encontraba, pues, en la casa en donde había na• eido mi padre . Casa a la cual, mis sueños de infancia me habian transportado tan a menudo, que el presentí• miento de verla algún día se babia arraigado en mi al• ma y no la babia abandonado jamás. Ese presentimien• to provenia del amor de idolatría con que había querí• do a mi padre, amor que conserva su imagen viva en mJ pensamiento . Cuando _la negrit a se durmió, cedi al impulso de examinar las dos salas abovedadas en donde me habían alojado. ¿Quizá mi padre ha vivido aqui?, me decía, Y. esta idea prest aba todo el encanto del techo paternal a Jugares cuyo aspecto, sombrío y frio desde la entrada, helaba el corazón. El mobillario de la primera pieza ~e componia de u.na gran cómoda de encina, que debia ha– ber seguido de cerca a la expedición de Pizarro al Perú y_ ______ J-i) Se omite el capitulo titulado El desierto. N. E.

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx