Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA '11 de la República Argentina, era él quien las mandaba co– mo segundo, bajo las órdenes de nuestro primo M. Ma– nuel de Goyeneche, hermano de M. ·Mariano Goyeneche d e quien he hablado. Mi tío era entonces mariscal de c ampo. Efectuaron la retirada y se dirigieron hacia el Alto Perú, atravesaron la inmepsa distancia que sepa– ra Buenos Aires de Lima, teniendo, frecuentemente, que sostener combates, atravesar ríos y recorrer lugares en !los que no se había trazado ningún camino. Esos mag– nificos soldados del rey, esos guerreros cubiertos de oro, habituados a la vida muelle de las ciudades de la Amé– ~:ica Espafiola, tuvieron mucho que sufrir en esas comar– cas salvajes . Vivieron, durante ese prodigioso trayecto, de los víveres obtenidos con la punta de sus bayonetas, d e los animales salvajes muertos en la caza y , en fin, de las -subsistencias que podían comprar . Mi tío me ha con– tado a menudo que, en esas ocasiones, como no habi~ clinéro en la caja del ej ército, hacía sacar en suerte a los caballeros, quienes, todos tenían espuelas de oro ma– cizo, a fin de determinar cuáles de entre ellos darían una de sus espuelas para pagar los víveres. Uno solo de esos soldados llevaba sobre sí más oro que el que sería nece– sario actualmente para equipar a doscientos de la re– pública. Ese lujo soberbio de las tropas espafi.olas de América les daba una alta idea de si mismos y de su su– perioridad sobre los pueblos cuya sumisión aseguraban. Pero es uno de los resortes que más pronto se gastan. Con lo que costaba, en las colonias un militar español, el rey hubiera podido sostener veinte soldados alema– nes. Las poblaciones indígenas no brillan por sus virtu– des marciales . Diseminadas sobre vastos territorios, hu– ibieran sido fácilmente sometidas y contenidas, si se hu– biera mantenido tropas más numerosas, lo que podía ha– cer España sin aumentar sus gastos. A los ojos de las personas que conocian la América del Sur, el momento de su indepedencia estaba aún muy lejano y España más que suficientemente fuerte para reprimir las re– vueltas que habían sido favorecidas por la invasión de la Península. por Bonaparte. Pero los acontecimientos des-

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