Peregrinaciones de una paria
FLORA TRISTAN nos, para cambiar )a ropa, a subir a tomar aire, y sobre todo a comer un poco de sopa caliente. En cuanto a mi. consenti, con la condición de que no se me obligara .a comer nada. Esos señores tuvieron la amabilidad de arreglarme un lecho sobre la toldilla. Necesité todc mi valor para poder levantarme y vestirme y sin la ayuda de esos señores, me hubiera sido imposible subir al puente. Los quince primeros días de mi permanencia a bordo fueron para mí de un largo entorpecimiento, durante el cual no tuve, sino por muy cortos Intervalos, la concien– cia de mi ser. Desde la salida del sol hasta las seis de la tarde, sufría tanto, que me era imposible hilvanar dos ideas. Me sentía indiferente a todo; deseaba .1,olamente que una cercana muerte viniera a poner término a mis males; pero una voz interior me decía que ' no moriría. A la altura de las Canarias, esos señores notaron que el navio hacia agua, y se decidieron a hacer escala en el primer puerto, a fin de hacerlo calafatear. Sólo hacia veinticinco días que nos habíamos embar– cado. Ese tiempo me había parecido tan largo, la Vida. de a bordo me era tan sumamente penosa, que cuando me anunciaron la vista próxi~a de la tien:a, la alegría, el contento que sentí hicieron en seguida desvanecerse mi mal : recobré la salud. Hay que haber estado en el mar para conocer el poder de emoción ericerrado en esa, palabra: ¡tierra, tierra! El árabe en el desierto no expe– rimenta un gozo más vivo a la vista de la fuente que debe apagar su sed ardiente; el prisionero que, después de una larga detención, recobra su libertad siente menos alegria. ¡Tierra, tierra! Esa palabra, después de largos meses pasados entre el cielo y el abismo, encierra todo para el navegante: es la vida integra con sus goces. es la patria. Entonces los prejuicios nacionales se callan, no se siente sino el lazo que une a la humanidad; son los goces sociales, la dulce sombra y los prados esmaltados. el amor y la libertad; en fin esa palabra tierra hace renacer en si el sentimiento de la seguridad que, des– pués de grandes peligros, da un encanto mágico a la.
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