Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 41 sus torturas, qu1:: evitaré fa tigar a m1 lector con una nueva descripción. Diré solamente que el mareo es un sufrimiento completamente distinto de nuestras enfer– medades habituales: es una agonía permanente, una sus– pensión de vida; tiene el horrible poder de quitar a los desgraciados que son su presa, el uso de sus fac~ltades intelectuales, y también el uso de sus sentidos. Las per– sonas de temperamento nervioso sienten los crueles efec– tos de ese mal con más intensidad que los demás. En cuanto a mí, lo senti con tal constancia, que no se pasó un solo día, durante los ciento treinta y tres del viaje sin que tuviera vómitos. Nuestro barco estaba anclado en la parte baja del río: el tiempo no parecia favorecer nuestra salida del peligroso golfo de Gascuña; sin embargo, el capitán, ha– cia las tres, hizo levar ancla. La pesada máquina, li– gera como una pluma en medio de las olas, se puso en marcha a través de la inmensidad que cubre el cielo, y dócil al genio del hombre, iba en la dirección que se le daba. . Estábamos todavia en el golfo, cuando el agudo sil– bido de los vientos, el tumulto de las olas, nos anuncia– ron la tempestad. Esta se declaró muy pronto con toda su violencia, por medio de espantosos rug:dos. Ese es– pectáculo, al que asistía sin verlo, era nuevo para mí; hubiera encontrado encanto en contemplarlo si me hu– biera quedado un vestigio de fuerzas; el mareo absorbía todas mis facultades: no tenía sentimiento de mi exis– tencia sino por los escalofríos que estremecían mi cuerpo y yo creía eran los precursores de mi muerte. Tu• vimos una noche .horrible. El capitán tuvo bastante suer– te para poder entrar al río. Una ola nos había arreba– tado nuestros carneros, otra, nuestras canastas de le– gumbres, y nuestro pobre navío, la víspera tan elegante, tan bien arreglado, estaba ya, mutilado. El capitán aunque agobiado de fatiga, descendió a tierra, para com– prar otros carneros y reemplazar las legumbres que el mar nos había quitado. Durante su ausencia, el carpin– tero reoaró las averías causadas por la tempestad y los •
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