Peregrinaciones de una paria

34 FLORA TRISTA.1'1 vez es•.,, .1,1uu,... .:16n laboriosa. Pasamos delante del jardín público; dije adiós a sus hermosos árboles. Con qué sen– t imi~nto de pesar recordaba los paseos bajo su sombra.. No me atrevía a mirar a M. Bertera, pues temía que le• ye,·"' en mis ojos el atroz dolor de que era presa. Llega– d ::i al vapor, la vista de esas personas reunidas, venidas p a,·:::. decir adiós a sus amigos, o que iban alegremente a. los campos circQ.nvecinos, aumentó mi emoción. El mo– mento fatal había llegado: mi corazón la.tia tan apresu– r ac..amente, que temí por un instante no poderme sos– tener . Dios solo puede apreciar la fuerza que necesité dc:iplegar, a fin de resistir el impetuoso deseo que me empujaba a decir a M. Bertera: ''En nombre del cielo, sál– veme. ¡ Por piedad, lléveme lejos de aqui!" Diez veces, dur:i.nte ese momento de espera, hice un movimiento pa– ra coger de la mano a M. Bertera y dirigirle este ruego~ pero la presencia de toda esta gente me recordaba como un espectro horrible la sociedad que me habla arrojado d e su seno. A este recuerdo, mi lengua se heló, un st - d or frío me cubrió el cuerpo, y empleando las pocas fuer– zas que me quedaban, pedí a Dios, con fervor, la. muer– te, la muerte, como único remedio de mis males . Se dió la señal de la partida. Las personas que ha– blan venido a acompañar a sus amigos se retiraron. El barco hizo un movimiento 'y se aleJó. Quedé sola en la. cámara donde había descendido; todos los pasajeros se h allaban en el puente, haciendo a sus conocidos, los últi– n10s signos de adiós. De golpe la indignación"me devol– vió mis fuerzas, y lanzándome a una de las ventanas, exclamé con voz ahogada: -¡Insensatos!, os compadezco y no os odio; vuestros desdenes me hacen sufrir, pero no tur.ban mi concien– cia . Las mismas leyes y los mismos prejuicios de que soy ·víctima llenan igualmen te vuestra vida de amargu– r as: y como no tenéis el valor de sustraeros a su yugo, os co11vertís en serviles instrumentos. ¡Ah! si tratáis de la misma suerte a aquellos a quienes la elevación de sus a lmas y la generosidad de sus corazones, llevan a sacri• ticarse por vuestra causa, os lo predigo, permaneceréis

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