Peregrinaciones de una paria

I EL MEXICANO El 7 de abril de 1833 (1), aniversario de mi nacimlen• to, fué el dia de nuestra partida. Sentía tal agitación, al acercarse ese momento, que durante tres noches no pu– de saborear una hora de sueño. Tenía el cuerpo que– brantado; me levanté, sin embargo, al alba, a fin de te– ner tiempo para terminar todos mis preparativos. Esta ocupación calmó la emoción febrii que me causaban mis pensamientos. A las siete M. Bertera vino a buscarme en fiacre; nos dirigimos, con el resto de mis efectos, al bar– co o vapor. ¡Qué multitud de reflexiones me agitaron durante el corto trayecto entre mi morada y el puerto! El ruido creciente de las calles anunciaba el comienzo de la vida activa; saqué la cabeza fuera de la ventani– lla, ávida de ver todavía esta hermosa ciudad, en la que, en otros tiempos, había pasado días tan tranquilos. El soplo tibio de la brisa acariciaba mi rostro; sentía una. superabundancia de vida, mientras que el dolor, la deses– peración estaban en mi alma: me asemejaba al reo a quien se conduce a la muerte; envidiaba la suerte de esas mujeres que venían del campo a vender su leche a la ciudad, a esos obreros que iban al trabajo: testigo, yo misma de mi cortejo fúnebre, veía quizá oor última ( 1} Cumplia 30 años. N, E.

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