Peregrinaciones de una paria

FLORA TRISTAN -¿Cómo se siente· usted, señorita? -Lo mismo, estoy triste y quisiera que alguien me hiciera llorar. · -Vengo, por el contrario, a hacerla reír. Estoy segu– ra de ·que son sus visitas al Callao las que le han héc'ho daño. Esa dofí.a Pancha, con sus ataques de ·epilepsia, le ha enfermado los nervios. Dicen ·que ayer se desvanecia. cada cuarto de hora. ¡Gracias a Dios, ya estamos libres de ella! ¡Oh! ¡Qué mala mujer! -¿Cómo puede usted juzgarla· así? -¡Pór Dio,s! no es muy dificil. Un marimacho más audaz que un dragón de guardia, que abofeteaba á los ofi– ciales, como podría yo hacerlo con mi negrito. -¿ Y por qué esos oficiales eran tan viles como para. soportarlo? -Porque ella era .el amo y distribuía los grados, los· empleos y los favores. -Señora Denuelle, un militar que soporta los bofeto– nes merece recibirios. Dofí.a Pancha conocía muy bien a. ilos hombres a quienes gobernaba y si no tuviera más cul– pa que la de corregir a los asalariados· del gobierno que faltaban a sus deberes, ustedes la tendrían todavía de pre– sidenta . ..., Mme Denuelle tuvo el talento de cambiar el curso de mis pensamientos y cuando salió me sentía casi ale– gre . Por fin llegó el momento de mi partida. Esperaba ese día con una Viva impaciencia. Mi curiosidad estaba sa– tisfecha· y la vida tan materialista de Lima, me fatigaba. con exceso. La última semana, no tuve una hora para mí. Hube ae hacer visitas de despeC1lda a todos mis conocidos, reci– bir las de ellos, escribir numerosas cartas a ·Arequipa,. ocuparme de vender las bagatelas de que queria deshacer– me . Cumpli. con todo y el 15 de julio de 1834, dejé Lima. 1, las nueve de la mafí.ana para dirigirme al Callao. Iba. acompañada de uno de mis primos, M. de Rivero; ·co– mimos donde el a1?ente de M. Smith; después del almuer-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx