Peregrinaciones de una paria
~qRA TRISTAN ac1amación comandante militar. Al día slgulente, todo quedó en orden; el pueblo se sometió a los consejos de los jefes que había escogido. Sus sufrimientos y su vic– toria había reanimado su moral a tal punto, que en cuanto circuló el rumor, verdadero o falso, de que se acercaban los gamarristas, todos se apresuraron, hasta. las gentes del campo, a amarse y a salir a su encuentro. Arismendi, Landauri y :Elivero fueron, con Lobatón, los autores de esta revolución. Fueron ellos quienes se pusieron a la cabeza del pueblo y expulsaron a los ga– marristas de Arequipa. Este acontecimiento desanimó a los· diversos cuerpos partidarios de Bermúdez y todos, su– ~esivamente, reconocieron por presidente a Orbegoso. -'Heto entró a ·Arequipa el 22 de mayo; según la cos– tumbre, gravó con una contribución excesiva a los des– graciados propietar!os de la ciudad. Al obispo se le im– puso 100.000 pesos . . . y a los demás, en la debida pro– ¡porción; pero don Pio, que formaba parte del gobierno supremo, se vió, esta vez, exento de toda contribución •Gamarra se refugió en Bolivia. Su esposa, sobre quien se dirigia principalmente el odio popular, se mantuvo siempre escondida; sólo por influencia de mi tío logró el poder retirarse desterrada a Chile y aun así, se en– r.ontró en el caso de s~lir de noche, para librarse de la. venganza del pueblo que pedia su vida. Escudero y la señora Gamarra me rogaron ir a verlos ·a bordo del navio inglés del que no tenían permiso de bajar. Me dirigí en seguida al Callao. Al subir a bordo me recibió Escudero; me apretó la mano con cordialidad; le correspondí esa prueba de afecto y le dije en francés: -Querido coronel, ¿cómo es que después de haberlo dejado tiace dos meses, vencedor y -dueño de Arequipa, lo encuentro prisionero en este navio y arrojado de esa ciu– dad? --Señorita, es así como la suerte zarandea a Jos hombres que representan un papel en un país presa de las guenas civiles, en donde sin conciencia política, no Sf' baten sino por un jefe. Después de su partida, he pen– sado a menudo en usted. Usted tenía razón y cc-mienzo
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