Peregrinaciones de una paria
282 - n..ORA TRISTAN llo, que tienen en la mano una pequeña bandera roja y una lanza corta con lá.mina acerada y cortante. En me– dio de este redondel, hay una rotonda formada con esta– cas bastante cercanas para que los toros no puedan pa– sar la cabeza por los intersticios. Tres o cuatro hombres a pie están en esta rotonda; salen cuando van a abrir la puerta por la cual el animal entra a la arena, para fastidiarlo. Le echan entonces cohetes sobre el lomo, en las orejas, lo excitan con todos los tormentos imagina– bles y en cuanto temen ser destripados, entran rapida– mente a su barrera. No creo que haya nadie que pueda. librarse de una fuerte emoción de terror a la vista del toro, cuando entra de un safto al redondel y se lanza fu– rioso contra los caballos; el animal, con el pelo erizado, chicoteando sus flancos con la cola, con las narices dila• tadas, lanza a ratos rugidos de rabia; su furor convulso es espantoso; salta mil veces y persigue a los caballos Y a los hombres, pero estos se escapan con facilicidad. Concibo el atractivo poderoso que esos espectácu1os pueden tener en Andalucía. Alli los toros soberbios cuyo furor no necesita ser excitado; los caballos llenos de fue– go y de vigor para el combate; los toreros andaluces, ves– tidos como pajes, brillantes de pajuelas de oro y de dia– mantes, cuya agilidad, gracia y valentía tienen algo má– gico, se juega con el furor del terrible animal, lo derri– ban de un golpe y dan a esas sangrientas representacio– nes tanto de grandioso; el péllgro es tan real y el valor tan heroico, que concibo el entusiasmo y la embriaguez de los espectadores; pero, en Lima, nada viene a poeti– zar esas escenas de carnicería. En ese país con clima suave y debilitante, los caballos y los toros carecen de ¡vigor; los hombres, de valentía. Diez minutos después de haber sido soltado, el toro se cansa y para prevenir el fastidio de los espectadores, los nombres que están en la barrera, armados de una hoz enmangada con una pérti– ga, le cortan los jarretes de atrás; el pobre animal no puede ya apoyarse sino sobre las patas delanteras y da pena verlo arrastrarse así; en ese estado, los bravos to– reros limeños le echan cohetes, lo abruman a lanzadas,
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