Peregrinaciones de una paria

264 FLORA TRISTAN -¿Qué quieren? -preguntaba. -Sefior, tengo que hablarle de algo relativo a la declaración de mi carga. -No tengo tiempo -respondía el cónsul cerrando ta ventanma. -Pero, señor, no esperamos sino su firma para levar anclas. -Regrese usted, no tengo tiempo -respondía desde adentro sin reabrir la ventanilla. En Chile, el cónsul que precedió a M. Verninac fué muerto en un duelo por un capitán de navío a quien ha– bia insultado; el capitán apuraba la expedición de su barco, al que la demora debida al cónsul ocasionaba un perjuicio considerable. El cónsul maltratado por el capi– tán, creyó también comprometida su dignidad y el duelo tuvo lugar. Cuando el gobierno francés reconoció la independen– cia de los Estados de la América española, se hizo gran ruido en los periódicos de Paris, por los cónsules envia– dos por el ministerio; éstos iban, por medio de tratados, a abrir nuevos mercados para · nuestros productos; pero la primera condición para cumplir bien con una m 1 sión, es la de conocer los intereses que nos están confiados. Hubiera sido fácil a esos cónsules aprovechar del odio de la América del Sur contra sus antiguas metrópolis espafíola y portuguesa, para hacer admitir los vinos de Francia con derechos menores que los impuestos a los vinos de la· Península; hubieran podido prever las rela– ciones que no debían tardar en establecerse entre la China y las costas occidentales de América y obtener que fuésemos, en nuestros artículos de sederia, mejor tratados que los chinos cuyas sedas importadas por los navios de Norte América y Europa (1) arruinan a nues- (1) Por el tratado de comercio que el gobierno acaba de concluir con Santa Cruz, los derechos sobre los vinos dP Francia han sido considerablemente disminuidos y nuestras sederías no P.ª· garán a su entrada al Perú y Boliv'u. sino la mitad de los derechos

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