Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 255 tus sacerdotes son arrojados, humillados y ninguno de ellos se atreve a elevar la voz en defensa de tu causa! Mi tío y otras personas tomaron el partido del prior. · Algunos monjes se pusieron de lado del hermano Diego;: pronto la discusión se trocó en disputa, y. se llegaron has– ta injuriar en los términos más ultrajantes. La multitud !había acudido alrededor de ellos, la disputa cautivaba la. atención de todos, el rumor era general. -¡santísima Virgen! -exclamaba éste- ¿'.hemos, pues, llegado al tiempo en que debemos ser muertos has- ta. en las iglesias? · , -Yo te .había predicho - decía aquél a su esposa-:,., que nos exponías mucho más trayéndonos a esta iglesia. Me arrepiento mucho, ahora, de haber dejado mi casa. -Pero ¿desde cuándo roban en las iglesias? y crees . tú... - -i Creo todo posible1. . . Por lo demás, el siglo de los conventos ya pasó; los soldados de San Román vendrán a robar acá, porque saben que hay plata y la plata es lo único digno que ellos conocen. Todos eran presa de las más crueles inquietudes. Se !ormában grupos numerosos entre los que se provocaban interminables discusiones . Las famllias se dividían; los unos querían regresar a sus casas, pensando en que es- ta tarían con mayor seguridad en ellas; en tanto los otros, persistían en quedarse en el claustro . Aproveché del altercado entre el prior y el padre Die– go para salir de este convento, pues, me espantaba el verme condenada a pasar alli la noche. Había tantas pulgas como en Islay, y era demasiado desagradable per– manecer en medio de personas que venían a hablarle a uno con sus vasos de noche bajo el brazo (1). Me dirigí: al monje Mariano, hermano del padre Cabero, y le hice entender que seria más conveniente, después de la dispu– ta .habida, que él y su hermano se retirasen a sus casas y si sus hermanas consentian en acompañarlos yo les pe- ,(1) He dicho ya que estos bacine$ eran de plata,
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