Peregrinaciones de una paria

252 FLORA TRISTA.N dad parecía gozar de tranquilidad completa; pero la san– gre enrojecía el pavimento de las calles y esos restos -de muerte, esa soledad, démostraban en forma bien expre– siva, las calamidades con que la ciudad acababa de ser herida y las que se aprehendían aún. Conre en casa de mi tio todo lo que Alt'.haus y Ma– nuel me habían referido . Todas las personas reunidas alli estuvieron indignadas contra el general;· pero ninguno tomó la iniciativa de alguna medida. A las cinco, subí a lo alto de la casa . Sólo vi una in– mensa nube de polvo que dejaban tras de sí los dragones de Carrillo al huir a través del desierto. Se dirigían ha– cia Islay, en donde pensaban encontrar dos navios para. ponerse fuera del alcance de la persecución de San Ro– mán. Permanecí largo tiempo sentada en el mismo sitio de l¡¡, mañana. ¡Cómo habia cambiado de aspecto la ciu– dad! Un silencio de muerte la envolvía entonces. Todos los habitantes estal5an en oración, como resignad0s a de– jarse masacrar sin oponer la menor resistencia . Mi tío me rogó que bajara para ir a la iglesia de San– to Domingo a donde se encaminaban todas. l~s personas de la. casa. Pensaba, po.r primera vez, en que no habia. comido en todo el día; tomé una taza de chocolate, tomé mi abrigo y me dirigí a la iglesia . A cada momento, se preguntaba a las personas que estaban de vigias en las torres si veían algo hacia el lado de la pacheta. Respondían siempre: "Absolutamente nada". !Por fin, a las siete, se presentaron tres indios a la puerta. .del convento . Anunciaron que los enemigos estaban en las chicherías, péro que San Román no quería entrar, sal– :vo que las autorida des de la ciudad se lo roga~en . Al oír esta nueva, se elevó un gran rumor en el convento de San- . to Domingo . El prefecto y todas las autoridades de la ciu• tlad se habían refugiado en este monasterio; pretendie– .ron que era a los reverendos padres a quienes correspon– dia cumplir •esta comisión, completamente pacifica. Los monjes, que no brillan por su valor, se opusieron a esta idea y hubo una fuerte discusión. Fui yo, en cierta. manera, quien determiné a los monjes a encargarse d~ •

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