Peregrinaciones de una paria

226 FLORA TRIST AN var el efecto producido por su narración sobre las tres encantadoras religiosas. La mayor de las tres, la her– mana Margarita, se había mantenido casi constantemen– te, en su reserva conventual. A la .viva e impetuosa Ro– sita se le habian escapado varias exclamaciones que. de– mostraban con qué sinceridad esta amable niña compa– decía los sufrimientos soportados por Dominga en sus ,once años de agonía. En cuanto a la dulce Manuelita, lloraba y repetía a menudo con una sencilla compasión: "¡Pobre Domingal, ¡cuánto ha debido sufrir!, pero tam– bien ¡cuán feliz es por haberse podido al fin libertar!". Y la graciosa niña recostaba su cabeza en mi hombro con un movimiento infantil y lloraba. Nos retiramos, dejando a estas señoras sumidas en sus pensamientos que no creimos discreto turbar. -Apos– taría - -dije entonces a m1 ·prima-, que antes de dos años esas tres religiosas no estarán ya acá. -Pienso, como usted, me respondió y me alegraría muc'ho de ello; esas tres religiosas son demasiado hermosas y demasiado ama– bles para vivir en un convento. Al día siguiente, salimos de Santa Catalina. Habíamos permanecido seis días, durante los cuales estas señoras pusieron todo su esmero en hacernos pasar el tiempo lo más agradablemente posible: comidas magníficas, me– riendas deliciosas, paseos en los jardines y en todos los sitios curiosos del convento. Esas amables religiosas no omitieron nada para agradarnos y hacernos gozar de :as distracciones que el convento les permitía ofrecernos. Fuimos acompañadas h asta la puerta por toda la comu– nidad, en desorden, sin ceremonia ni la menor etiqueta; pero con un afecto tan verdadero y emocionante, que lloramos con las buenas religiosas por el verdadero pe– sar que tentamos al separarnos. Nuestras Impresiones eran muy diferentes de las sentidas a nuestra salida de Santa Rosa. Esta vez salimos con pena del convento y nos detuvimos muchas veces en la oalle para dirigir nuestras miradas sobre las torres del asilo hospitalario que acabábamos de dejar. Nuestros niños y las esclavas

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