Peregrinaciones de una paria
1 PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 221 nocido mucho cuando ambas eran niñas. Mi prima Althaus, no apetecía otra cosa, sino contar esta historia quizá por vigésima vez y se ofreció con gusto a satisfacer la cu- riosidad de estas señoras. Quedó convenido en que la buena Manuelita invitaría a mi prima y a mi a comer en privado con sus dos amigas, para poder conversar a nues– tro gusto y tanto tiempo como lo deseáramos. Fué la víspera de nuestra salida del convento cuando tuvo lu– gar esta comida. Era termtnar de una manera bastante picante los seis agradables días pasados en este con– vento. Manuelita nos recibió en su linda habitación del tiejo convento. La comida fué una de las más espléndi– das, y sobre todo, de las mejor servidas a que fui invi– tada durante mi estancia en Arequipa. Pusieron hermo– sas porcelanas de Sévres, manteles adamascados, servi– cio de plata elegante y en el postre, cuchillos de plat a: dorada. Cuando acabó el convite, la graciosa Manuelitai nos invitó a pasar a su retiro. Cerró la puerta de su jar– dín y dió orden, a su primera negra, de que no nos mo– lestaran con ningún pretexto. Ese pequeño retiro no era tan hermoso como el de la superiora, pero era más original. Como yo era extran- ~era, esas señoras me hicieron los honores. Quisieron que ocupase yo sola el diván y me recosté muellemente, apoyada sobre cojines de seda. Las tres religiosas, muy elegantes cori sus vestidos de anéhos pliegues se coloca– ron en torno a mi; Rosita, sentada sobre un cojín cua– drado, con las piernas cruzadas a la moda del país, se inclinaba al pie del diván; la buena Manueuta, a mi la– do, jugaba con mis cabellos, los destrenzaba y los tren– zaba de mil maneras; y la grave Margarita, en medio de nosotros, mostraba complacientemente su mano blanca y regordota que apretaba un grueso rosario de ébano. Mi prima, la actriz principal, estaba sentada, frente a su au ditorio, sobre un gran sillón muy antiguo y un cojín ba.io los pies . M i prima comenzó por darnos a conocer los motivos que habían determinado a Dominga a hacerse religiosa.
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