Peregrinaciones de una paria
206 FLORA TRISTAN la voz y expresión en el gesto, del que ella puso exten• diendo la mano sobre el Cristo que estaba al pie de su lecho. Su conversación se mantenía siempre en el mismo diapasón. Al hablarme de Dominga me dijo: ''Esta joven estaba poseída del demonio. Estoy contenta de que el diablo haya escogido mi convento de preferencia. Este ejemplo hará revivir la fe, pues, mi querida Flora, le confiaré una parte de mis penas. Cada día, veo vacilar en el corazón ae las jovenes religiosas, esta fe poderosa que, sola, puede hacer creer en los milagros". La evasión de Dominga no me parecía deber producir el efecto es– perado por la superiora, sino al contrario, la creí de na– t uraleza para provocar la imitación. Hasta dudo de que se hiciera ilusiones a este respecto; pero 'hablando de Dominga, en presencia de algunas religiosas, quizá creyó que era su deber hacer esa reüexión. Esta mujer, de una austeridad rigurosa, ha sabido hacerse obedecer y res– petar de las religiosas aun gobernándolas con mano de fierro, aunque, después de tantos años que las manda, no · ha podido obtener el sincero afecto de ninguna de ellas. Los tres días pasados en el interior de este convento habían fatigado tanto a mi tía y a mis primas, que, sin preocuparse del riesgo que podían correr al · salir, esas señoras no quisieron quedarse más tiempo. En cuanto a mí, había hecho, durante tan corta permanencia, muchas observaciones y no me había aburrido. Esas graves reli– giosas nos acompañaron con la misma ceremonia y la. misma etiqueta· que habían puesto al recibirnos. Por fin pasamos el umbral de esa enorme puerta de encina, en– :vuelta de fierro como la de una ciudadela. Apenas se cerró, nos pusimos a correr en la larga y ancha calle de Santa Rosa, gritando: "¡Dios mío, qué felicidad estar en libertad"! Las señoras lloraban; los .niños y las ne– gras saltaban en la calle y yo confieso que respiraba con más facilidad. Libertad ¡oh libertád! ¡no 'hay ninguna. compensación por tu pérdida! ¡La misma seguridad no es bastante! ¡Nada en el mundo podría reemplazarte! Desde el día siguiente a nuestra entrada a Santa Rosa, Althaus nos había mandado decir, que la noticia.
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