Peregrinaciones de una paria

PERE('rnU,TACIONES DE UNA PARIA 173 hay soldados entre vosotros, sólo hermanos, hombres li– bres, defensoi:es de la patria, etc." -En verdad -me decía Althaus-, estoy tentado de creer con las viejas, que este monje condenado ha encon– trado los cuernos del diablo, que dan, según dicen ellos, el poder de hacer milagros. En cuanto a mí, le estoy su– mamente agradecido, pues, le aseguro que me saca de un gran apuro. El general que es miedoso como una perdiz, me había dado el pesado encargo de registrar las casas para descubrir a los conscriptos que no quisieran presentarse. Ese trabajo no me cuadraba en absoluto. Soy 'hombre capaz de cargar sobre · mis hombros a tres de esos mozalbetes si los encontrara en los linderos de un bosque; pero forzar la entrada de una casa en' donde me hubieran rodeado suplicantes, la anciana madre y la esposa llorosa, y los hijos me 'hubieran saltado al cuello para acariciarme. . . no hubiera podido resistirlo. Soy duro sobre el campo de batalla, porque allí he apren– dido a serlo y es una necesidad; pero con desgraciad0s que sufren y lloran, yo sufro y lloro también. -¡Ah, primo! Se pinta usted en esas palabras y me gusta usted así. Althaus, usted no está hecho para matar a los_hombres ... -Florita, sin embargo, nunca he estado mejor que en Waterloo y allí mat-é hombres. -¡Por Dios! No me hable de su Waterloo. Esa pa– labra me hace estremecer de horror. No puedo oírla sin estar penosamente afectada. ¿Usted decía, pues, primo, que el padre Valdivia ha conseguido hacer venir a los conscriptos voluntariamente, sin emplear con ellos la 'fuerza? -Es un hecho muy cierto. Los llama Alejandros, Cé– :sares, Napoleones; les habla en griego y en latín y quizá: si les dice, en esas antiguas lenguas: malditos animales, cobardes, etc., pues, que el diablo me lleve si uno solo de sus lectores sabe latín. Entre otras bellas frases que les recita ¿no tiene la desfachatez de decirles que Euro– pa, que el mundo entero los contempla? ¡que en París

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