Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 151 Después de él pasó el señor Ugarte, hombre tan rico como mi tío, pero más avaro. En los días corrientes, :Ugarte usa medias azules, zapatos rotos y un vestido remendado. Ese día, exasperado por el dolor del avaro, quizá el más fuerte de todos los dolores, se había puesto, creyendo de esta manera disimular sus riquezas, todo cuanto tenía de más andrajoso. Ataviado de harapos de todos colores, su exterior y su semblante eran de lo más grotescos. Al verlo, no pude impedir el soltar una carca– jada. Oculté la cab~za entre mi velo, mientras mi prima, habituada a dominar sus emociones, hacía hablar a ese pobre rico a quien se hubiera podido tomar por un men– digo y sin embargo posee de 5 a 6 millones de fortuna. -¿Por qué, pues, señor Ugarte, se desloma usted en llevar sacos con ese peso? ¿No tiene un negro o un asno que· puedan evitarle ese trabajo? -¡Confiar sacos de plata a un negro! ¡Lo piensa usted, doña Carmen! Ayúdeme un poco a poner esos sacos sobre su ventana. Hay allí 10.000 pesos, doña Car– men, ¡y casi todo en oro! ... -¡Oh, señor! El color no viene al caso; pero concibo que sea duro despojarse así de tan hermosas onzas (1) que descansaban tranquilamente en el fondo de algún subte– rráneo, para darlas a gentes que las van a hacer circular. -¡Darlas! ¡Diga más bien que me las roban! Pues, por la Virgen que está en el cielo con su hijo santísimo, si no fuera porque me han amenazado con tomarme preso y durante mi prisión, mi mujer hubiera podido robarme mi plata, me .hubiera hecho quemar, antes de darles un maravedí. ¡Pobre mi plata! ¡Mi único consuelo! ¡me la quitan! El insensato, en el paroxismo de su dolor, se puso a llorar al contemplar sus sacos como una madre en pre– sencia de su hijo muerto. Mi prima entró al salón para (1) En el país español, el cuádruplo toma de su peso la denominación de onza.

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