Peregrinaciones de una paria

140 FLORA TRISTAN echó en mis brazos, me abrazó con ternura y con los ojos llenos de lágrimas, y la voz emocionada, me dijo: -¡Ah, prima mia! ¡Cuánto he deseado conocerla! Desde que tuve noticia de su existencia, la quiero, admiro su :valor y deploro sus sufrimientos. Nos quedamos cerca de dos horas en est e sit io de campo. Me paseaba por el jardín con mi tio; no podía cansarme de oírlo; habla el francés con una pureza y una gracia encantadoras. Estaba encantada de su espiritu, y $U amabilidad me fascinaba. Hacia las siete, nos pusimos en camino para Are– quipa. Mi tio subió en su hermosa y fogosa yegua chi– !lena. La h abilidad 'y gracia con que la conducia· denota– ban que su educación ecuestre habia tenido lugar en :Andalucía. Estuve, también esta vez a la cabeza de la. numerosa cabalgata. Mi tío, a mi derecha, no cesaba de conversarme de la manera más amistosa. Al llegar a la casa, encontramos a mi prima Carmen .ocupada en hacer los honores, en él gran salón, a los :numerosos visitantes venidos para recibir a don Pío y a su familia. Mi prima había hecho preparar una co– mida soberbia. Mi tia invitó a todas las personas pre– sentes. Algunos aceptaron; otros se quedaron a conver– sar o fumar. Permanecí mucho tiempo con mi tio: su .conversación tenía para mi un atractivo irresistible. Fué necesario, sin embargo, retirarse y aunque era tarde, lo dejé con pesar. Estaba encantada y gozando de la dicha ele encontrarme cerca de él, no osa-ba reflexionar en lo que debía espei:ar, enteramente subyugada por el encanto que babia esparcido en tornp de mi (1). (1) Aqui concluye el tomo I de "Peregrlnation., d'un,e Paria''.7 N. E.

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