Peregrinaciones de una paria

134 FLORA TRTSTAN conmigo donde mi prima, de suerte que no nos separá– bamos. Althaus tiene una manera de ;.hablar de las per– sonas y de las cosas, especial en él. En español, que habla muy bien, asi como en francés, encuentra palabrai:1 que describen y caracterizan y se citan en seguida como proverbios. Estuvo en todos nuestros paseos con M. de Sartiges y todo cuanto me decia respecto a ese hombre– mujer era digno de nota. -En resumen, me decía un día, veo, mi querida Flo– ra, que desde hace quince años que dejé la Francia, la. juventud de su país no _ha mejorado. En mi tiempo, he visto jóvenes de la edad de M; de Sartiges que ya te• nian dos charreteras y se habían encontrado en mll fances ; jóvenes fuertes, robustos que resistian el frio Y, el calor, el hambre y la sed y toda especie de fatigas. ·¡Esos. eran hombres! Pero alfeñiques como su vizconde a quien se tomaría por una marquesita disfrazada, le pregunto ¿de qué utilidad pueden ser a su pais? Sin duda es simpático; pero ¿acaso con muñecas de esa na• turaleza . piensan ustedes hacer avanzar la civilización? -Althaus, usted no aprecia sino la fuerza física. -Es porque la fuerza física arrastra siempre consigo la fuerza moral. Ciertamente no encontrará usted en una frágil apariencia de mujercilla a un César, un Pedro eJ Grande, ni un Napoleón. --Hay que creer, primo, que los hábitos de la ju– ventud son muy fuertes, pues, su buen sentido natural Y sus conoeimientos científicos, no han podido desarrai– gar en usted los gustos del soldado. -Prima, es usted encantadora, cuando se rebela con– tra los soldados. Pero, dígame ¿qu~ espera de la juven– tud francesa?, ¿hará ella algo que pueda acercarse a las grandes cosas efectuadas por los soldados del imperio? Se puede juzgar por estas pocas palabras, el carác– ter de mi primo Althaus. El nombre ha desaparecido dentro de su profesión. Soldado ante todo, encarna por completo al oficlal de fortuna de w alter Scott. Dentro

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