Peregrinaciones de una paria
114 FLORA TRL.<;TAiN cio en Arequipa un obispado y una de las sedes del go_ bierno. Los temblores han causado a esta ciudad, en di– versas épocas, espantosos desastres. Los de 1582 y 1600, -la destruyeron casi completamente, y los de 1687 y 1785 no fueron menos funestos. Las calles de Arequipa son anchas, cortadas en án• gulos rectos, pasablemente pavimentadas. En medio de cada una de ellas corre una acequia; las principales tie– nen aceras de gruesas losas blancas (1); están todas re– gularmente alumbradas, cada propietario está obligado, ba– jo pena de multa, a poner una linterna delante de su puerta. La gran plaza es espaciosa; la catedral ocupa el lado norte; la municipalidad y la prisión militar están al frente; casas particulares forman los otros dos lados. A excepción de la catedral, todas estas construcciones tienen arcos; bajo las galerías, se ven las tiendas con diversas mercaderías. Esta plaza sirve para el mercado •de la ciudad, para las fiestas, para las revistas, etc. El puente sobre el Chili, está groseramente construido y es poco sólldo para resistir en ciertas estaciones, eJ torrente que pasa por debajo. Arequlpa encierra muchos conventos de hombres y mujeres; todos tienen muy hermosas iglesias. La catedral es muy vasta, pero es obscura, triste y de una arqui.. tectura pesada. Santa Rosa, Santa Catalina, San Fran• cisco se distinguen por la belleza de sus cúpulas, de una prodigiosa elevación. En todas las iglesias se ven figuras grotescas, de madera y de yeso, que personifican los ido– los del catolicismo peruano; aquí y allá algunos grotes– cos mamarrachos dan a los santos que representan, el aspecto más burlesco que es dable imaginar. La iglesia de los jesuitas es una excepción a este respecto; es mu- · (1) Don Pío, cuando fué prefecto, hizo muchas nuevas aceras y reparó las antiguas. La ciudad estuvo muy limpia balo su ad– ministración. Mi tío concedía a la i¡,alubridad pública una vigilan• cia muy especial.
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