Peregrinaciones de una paria
104 FLORA TRISTAN -Así es que, cuando quiero casarme con usted sin fortuna, en la posición en que se encuentra, con un hijo, cuando estoy listo a sacrificar todo, todo ... ,· usted pone condiciones a su amor. . . ¡ Y qué condiciones! ..• -Señor Chabrié, ¿vacila usted? -Vacilar, señorita; ¡oh! No. En tanto que este vie• jo corazón lata •en mi pecho, no vacilaré jamás entre el honor y la 1nfamia. -¿En dónde está la infamia de mi propuesta, cuan– do le pido, señor, que me ayude a hacerme devolver lo que me pertenece con toda equidad? -No soy el juez de sus acciones. Usted quiere ha– cer de mí un instrumento, hacerme servir sus proyectos de ambición. Es asi como corresponde usted a mi amor..• -Si usted me amara, señor Chabrié, usted no vaci– laría un instante en hacerme el senicio que le pido y usted me lo niega. -Pero, Flora, mi querida Flora, ¿está usted bien des– pierta? ¿No consume la fiebre su cerebro? ¿La. ambición le hace o_!vidar todo? ¡Y qué! ¡Usted me exige mi des– honra! ¡Ah, Flora! La amo bastante para sacrificarle mi vida; con usted soportaría la miseria, la soportaría sin quejarme; pero no me pida envilecerme, pues, por el amor que siento por usted, no lo consentiría jamás. Esta respuesta de Chabrié era la que esperaba. Con un hombre semejante hubiera podido vivir en el fondo de un desierto y gozar momentos deliciosos. ¡Qué deli– cadeza! ¡Qué amefr! Sentí entonces ~•acilar mis fuerzas;' hice un último esfuerzo y tomando un tono · irónico Y áspero, continué la conversación en forma de torturar un amor propio herido ya tan vivamente con mi proposición. La exaspera.ción de Chabrié fué tal, que me abrumó con los reproches más amargos, con las ,naldiciones más es• pantosas y se abandonó, con tal ímpetu a la violencia del dolor que le causaba esta última decepción, que por un momento creí podía emolear las vías de hecho con• tra mí.
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