43 Nuevas voces literarias ¿Qué hábitos o rutinas forman parte de tu proceso de escritura? Como mencioné antes, el libro de Bryce fue la chispa que encendió en mí el deseo de escribir. Me ayudó a vencer el miedo al papel en blanco y me ofreció una forma de escapar, de inventar un mundo propio donde pude empezar a ordenar mis inquietudes. Nunca he pasado por un taller de creación literaria ni he asistido a cursos formales; mi formación ha sido más bien intuitiva, alimentada por las conversaciones con buenos amigos de la universidad, igual de locos que yo por la literatura. Las ideas suelen llegar de improviso, en cualquier lugar, sin avisar, como si estuvieran siempre al acecho. Pero la verdadera construcción de mis personajes sucede cuando salgo a correr. Es allí, en ese instante en que el cuerpo se libera, que mi mente comienza a dar vida a las historias. Es mi ritual secreto, la forma en que escribo sin lápiz, corriendo hacia mis propios mundos. ¿Qué descubrimientos personales o literarios has hecho gracias a tu interacción constante con los libros, autores y colecciones de la Biblioteca Nacional del Perú? Ingresé a la Biblioteca Nacional del Perú siendo casi un muchacho: tenía diecinueve años y estudiaba el segundo año de Bibliotecología. Mi primera parada fue la hemeroteca, y desde allí comencé a recorrer, paso a paso, las demás salas, como quien explora los pasillos de un templo antiguo lleno de voces que aún hablan. Entre todas hubo dos salas que me marcaron profundamente: la de Historia y la de Literatura. Allí devoré libros con una avidez casi febril, como quien busca una revelación. Y en medio de ese hallazgo apareció una figura entrañable: Margarita Martínez, una mujer de gran corazón que supo acompañarnos en esa etapa de formación, con paciencia y afecto. Para quienes ingresamos en esa promoción, ella fue más que una guía: fue una maestra silenciosa, una cómplice de nuestros primeros pasos.
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