Narraciones de la Amazonía

79 Y para que ningún nuevo Tumsh que aparezca sobre la Tierra pretendiese conquistar por la fuerza a Kaamaa, los dioses del bosque la hicieron dormir eternamente, transformándola en una montaña. De vez en cuando, el espíritu malvado de Tumsh se apodera de un habitante de Tingo María y quiere desfigurar el rostro o mutilar alguna parte del cuerpo de Kaamaa, cortando el bosque de la montaña. Cuando ello ocurre, el chullachaqui, el guardián de la cueva debajo de la montaña, que es un dios protector de la naturaleza, se transforma en un venado y se aproxima al depredador. Este, al ver al venado, deja de talar y persigue al animal que va hacia el interior más profundo del bosque. Ahí, el perseguidor queda perdido. Kaamaa, la Bella Durmiente, vivirá para siempre. Al terminar el relato, el sabio Oroma cerró suavemente el libro imaginario de su memoria, donde guardaba las historias de la Amazonía que había recopilado a lo largo de su vida. Con una mirada que destilaba el conocimiento de los años, prometió a los niños, que lo escuchaban deslumbrados, una promesa llena de misterio. ―Hemos recorrido juntos la Amazonía a través de mis recuerdos ―comenzó con voz serena, capturando la atención de todos―. Pero las historias que alberga la selva son infinitas, y cada hoja, cada susurro del viento lleva en sí un cuento aún por contar. Mañana, compartiré con ustedes más secretos y leyendas que he guardado en el corazón de mi memoria. Se levantó lentamente, apoyándose en su bastón, y miró a los niños con ternura. ―Ahora es momento de descansar, y que los sueños les traigan nuevas aventuras. Pero recuerden, mañana nos espera otro día lleno de historias. La selva nunca duerme, y sus cuentos aguardan ser descubiertos ―les dijo. Con esa promesa, el viejo Oroma les dio las buenas noches, dejándolos con la ilusión de las historias venideras, historias que solo alguien como él podía contar. La bella durmiente

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