Por alguna causa aún inexplicable, quizás porque su sistema de emisión tiene alguna falla o porque las aves ya son muy viejas, algunos de los pájaros ciegos no logran esquivar la roca de las paredes de la cueva y se chocan estrepitosamente, con violencia. Virtualmente se desintegran. De estas colisiones no quedan ni restos de sangre, huesos ni carne. Solo plumas marrones regadas en el suelo. Luego sale al encuentro del visitante que ha logrado penetrar la cortina impenetrable del olor del tiempo ―muchos, la mayoría de los que intentan ingresar en la cueva, sucumben en el primer intento― un pequeño y oscuro hombre de voz inaudible. Es el chullachaqui, un gnomo del bosque y guardián de las montañas, que tiene la misión de proteger los tesoros y los secretos de la cueva y transmitir la historia de la Bella Durmiente. El chullachaqui tiene los pies desiguales ―de ahí su nombre en la lengua de los antiguos incas― y la voz inaudible, que parece provenir de las profundidades de la cueva por su gravedad, intensidad y antigüedad. Es una voz que suena como gastada, tal vez fatigada, a punto de extinguirse. Los ojos del chullachaqui son pequeños, La bella durmiente
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