67 El amor de Tunum y Tunumba los pueblos del Huallaga alguien que había tenido esa capacidad natural de convocar, con su voz y su canto, la compañía de las aves del bosque. Cantaba Tunumba como las oropéndolas, como el pájaro flautero, como el tucán y la pava y, al conjuro de su voz, asomaban estas y otras aves, quizás asombradas porque alguien que no era de su propia especie pudiera cantar como ellas. La fama del cazador y de la amante de la naturaleza se esparció por los bosques como se esparcen y vuelan las semillas de la caoba, del cedro y de la punga. Un día del mes de junio, cuando los árboles de flores amarillas explosionaban celebrando el advenimiento del verano, Tunum, el gran cazador del Huallaga, llegó a Chazuta trayendo presentes para Tunumba, la hija de su tío. Alrededor de su cintura, dura y elástica como el látex coagulado del árbol de shiringa, traía los cuerpos disecados de los más bellos pájaros de los bosques: suisuyes que parecen pintados con los añiles de los cielos amazónicos, gallitos de las rocas, de plumas rojas como carbones de capirona, papagayos que semejan el arcoíris, tucanes de plumas como flores multicolores. Traía, además, la cabeza adornada con altiva cornamenta de uno de los seres más inteligentes, hermosos y fugaces que habitaban en los bosques, la de un venado rojo cazado en la última primavera en uno de los abrevaderos de la cordillera de La Escalera. Tunumba lloró de tristeza al ver la belleza muerta de los pájaros y los cuencos de los que fueron los ojos húmedos, tiernos y vivísimos del venado rojo. Y juró, ante la gran madre de la naturaleza, que jamás volvería a ver a Tunum si es que este no renunciaba a la matanza de los animales del bosque. Tunum retornó a los territorios del Mayo donde su padre estaba empeñado, mediante cruentas batallas, en someter a los habitantes de este gran valle a su dominio y vasallaje.
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