Narraciones de la Amazonía

64 El señor del Mayo tenía varios hijos, pero uno de ellos, Tunum, era reconocido como el mayor y más extraordinario cazador que alguna vez había nacido en las comarcas del Huallaga y del río Mayo y sus afluentes. Tunum y Tunumba eran hijos de dos hermanos. En los primeros años de su niñez, en Chazuta, habían compartido juegos en el bosque, habían navegado desafiando los rápidos del Chumía y del Vaquero, habían contado semillas de huairuro y escuchado las consejas y las historias narradas por la abuela, Tutuma. Pasado el tiempo, Tunum había sido llevado por su padre al río Mayo y allí, de la mano y el conocimiento de algunos viejos y experimentados cazadores, olfateando en las madrigueras de los picuros o majases, siguiendo el rumbo de los cerdos salvajes solo por el ácido olor impregnado en la atmósfera, educando el oído en las profundidades de la noche del bosque para poder diferenciar y escuchar los sonidos y las voces inaudibles que emiten los seres misteriosos y enigmáticos, tramontando de día y de noche las montañas del Angaíza, para ejercitar las piernas y reconocer los frutos que comen los animales en cada una de las estaciones del bosque, se había convertido en un eximio cazador. Entretanto, Tunumba había crecido. Era esbelta como una palmera huasaí, y su cabellera nigérrima hasta tener el tornasol de las plumas del piurí caía impetuosa como una catarata sobre sus espaldas hasta la cimbreante cintura. Sus ojos tenían la profundidad oscura de la semilla del choloque y eran tristes, la tristeza del silencio. Tunumba amaba la naturaleza y la naturaleza la amaba a ella. Los jóvenes parecían haber sido creados el uno para el otro. A escondidas de sus amas y contando con la complicidad de la abuela, Tutuma, se internaba Tunumba en los bosques y trepaba las altas colinas aledañas a Chazuta. Sentía un placer inmenso que se reflejaba en la luz crepuscular de sus ojos, en leer línea por línea, página por página, capítulo por capítulo, el maravilloso libro de la naturaleza. Los seres más diminutos de la fastuosa diversidad de la vida natural la fascinaban. En cada hoja, en cada tallo de árbol y en cada orquídea descubría la infinita variedad de seres que interactúan compleja y armoniosamente en El amor de Tunum y Tunumba

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