Narraciones de la Amazonía

Los tuyuyos tristes que crecen en el pasto seco por donde camina. Juega con los niños a los cuales permite ―a los únicos― que le toquen el pico y le hagan bromas como esta: “Te ha crecido mucho la nariz, como a Pinocho, por decir muchas mentiras”. Tuyuyín sonríe de buena gana cuando los niños le toman el pelo, mejor dicho, las plumas. Él mismo se gasta algunas bromas con sus amiguitos. El otro día introdujo en el bolsillo de uno de ellos un pescado. Hace poco, uno de los niños, ante tanta familiaridad, se atrevió a abrir la puerta de la prisión asegurada con un picaporte. El niño entró a jugar con Tuyuyín, trepándose sobre sus espaldas; pero el juego fue interrumpido bruscamente y de mala manera por el guardaparques, quien le advirtió con mucha energía al niño: “Está terminantemente prohibido abrir la vivienda de los tuyuyos porque se pueden escapar”. Tuyuyín está esperando el gran día en que otro niño vuelva a mover el picaporte de la puerta y entre a jugar con él. Sueña con ese día, con las plumas de sus alas crecidas, la puerta de la prisión abierta, y con el cielo azul de la Amazonía y el lago de Imiría, que lo esperan para verlo libre y feliz.

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