Narraciones de la Amazonía

32 Los tuyuyos tristes tristeza y sus lágrimas de la gente que visita el Parque Natural de Pucallpa. Patitas Cortas es, como los adolescentes de todo el mundo, un soñador y un ser ansioso de independencia y libertad. Suele sumergirse en largos y profundos silencios para imaginar sus días de felicidad en el lago Imiría con sus padres. Evoca entonces con intensidad, como si estuviera saboreando una palometa que brilla con el sol, las tardes del verano en el lago de Imiría, el gran lago habitado en las orillas por los panos, los shipibo-conibo‑shetebos, esas tardes en que de la mano de sus padres, junto a sus otros dos hermanos, caminaban por la orilla del lago, entre jacintos acuáticos, juncos, victorias regias, pescando pequeños tucunares, bujurquis, afaningas, ranas y muchas especies más que prefieren guarecerse y reposar en las orillas bajas del lago, huyendo de sus predadores ―pirañas, paiches y las redes de los pescadores― en las aguas más profundas del Imiría. Pese al tiempo transcurrido, aún no ha podido olvidar la tarde en que la sombra de la tragedia estuvo a punto de nublar la luz solar de la felicidad familiar. El incidente ocurrió de modo imprevisto y sorpresivo, como siempre pasa con los accidentes. Desoyendo las constantes advertencias de sus padres, se había alejado de ellos más de lo acostumbrado, penetrando en el lago hasta donde sus largas piernas le alcanzaban. Se había dedicado a mirar, con curiosidad, el juego de los peces. Estaba mirando los acrobáticos movimientos de los peces y se había olvidado del consejo paterno de jamás dejar de vigilar a su alrededor tanto en tierra firme como en el agua. El grito de su madre le sacó de su abstracción, y su instinto de conservación hizo lo demás: dio un salto con todo lo que le daban las fuerzas de sus piernas y de sus alas, justo para librarse por unos centímetros de la feroz dentellada de un joven cocodrilo negro de dos metros de largo. Hasta ahora se le ponen las plumas de punta cuando recuerda las fauces calientes del cocodrilo hambriento. Cuando piensa en el lago Imiría, en los cielos azules de la Amazonía, en los niños que llegan en tropel de las escuelas de Pucallpa, y cuando los observa jugar, reír, correr libres y felices por el Parque Natural de Pucallpa, él también quisiera ser como esos niños y adolescentes y correr libre y

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