18 El chullachaqui, dios ecológico del bosque estridencia de las cigarras y de algún lejano rugido del tigre otorongo, se había quedado, extrañamente, en silencio. El silencio se quebró con las palabras de Otoniel. ―Estoy escuchando el canto de un paujil ―me dijo apuntando en la dirección a una hilera densa de palmeras tagua. ―Ven, sígueme ―dijo y caminó con gran agilidad y destreza debajo de las palmeras. En ese instante, volvió a cantar la chicua y tuve miedo. Empecé a correr detrás de Otoniel y grité: ―Espérame. Se detuvo para mirarme y fue en ese momento en que pude ver sus pies desiguales entre la hojarasca. ―¡El chullachaqui! ―grité aterrorizado y emprendí una loca carrera con dirección a mi canoa. Después de ese susto, abandoné la cacería de animales para siempre. ―Otra historia, otra historia, cuéntanos otra historia pidieron los muchachos en coro. El viejo Oroma carraspeó afinándose la voz. Levantó su humanidad de 97 años, caminó hacia la cocina, tomó con mano firme una mocahua de arcilla y se sirvió la blanca y espumosa bebida de yuca llamada masato. ―Está un poco fermentada para ustedes, por eso no les ofrezco ―se disculpó y se sentó nuevamente en el tocón. El sol, que hace poco era como un incendio, se apagaba lentamente en las aguas del Amazonas. ―Queremos escuchar la historia del ayaymaman ―pidió Gabriela, a quien le decían la Pacuchita por el color castaño de sus cabellos. ―Bien, les contaré sobre ayaymaman ―aceptó el viejo Oroma y, curiosa y coincidentemente, en ese mismo momento el ayaymaman cantaba en el cercano bosque del pueblo.
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