El chullachaqui, dios ecológico del bosque desorientados, puede ser que sigan la dirección de esas huellas que no conducen a ninguna parte. Pero también puede ocurrir que sigan las huellas en dirección contraria y ocurra que vuelvan y retornen al punto de donde partieron. Entonces, los hombres y las mujeres, siguiendo estas huellas, van y vienen en una ida y un retorno sin término, circulando y girando como es el tiempo y la vida en el bosque, que no tiene principio ni fin. El chullachaqui tiene buen humor, le gusta jugar y es un ser sonriente. Le encantan los niños. Cuando estos están solos en sus chozas, porque los padres se han ido a la chacra, de pesca o de cacería, se acerca y juega con ellos. Para no asustarlos con su cabezota y sus pies desiguales, se transforma en el padre, la madre, el hermano o la hermana, el tío o el amigo. Cuando decide irse, porque supone que los padres de los niños están por llegar, el niño, la niña o los niños le siguen por el bosque, confundidos por la apariencia del chullachaqui. Por eso muchas veces se han encontrado niños perdidos en el bosque, llorando y abandonados. El chullachaqui se enoja mucho cuando los hombres talan los árboles del bosque en exceso, más allá de sus necesidades. Sobre todo no le gusta que corten las grandes lupunas, las catahuas, los renacos; es
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