Miguelina

84 Doña Grimanesa y Miguelina se quedaron silenciosas, con el rostro demudado. —¡Qué terrible! —alcanzó a decir Miguelina, mientras su madre permanecía en silencio. —Eso no es todo. Los periódicos están mencionando que muy pronto se publicarán los informes sobre las matanzas, correrías, abusos de violaciones contra mujeres y muertes de niños, que obligarán a los países a formar comisiones de investigaciones de esos crímenes. Las consecuencias de estos hechos pueden ser, entre otras, las restricciones de las exportaciones de caucho, y la caída de sus precios en el mercado europeo y en los Estados Unidos de América —explicó don Segundino a modo de conclusión. —¿Ya se han identificado a los culpables de estos crímenes? —preguntó Miguelina con la voz temblorosa. —Todos los medios señalan y apuntan a Julio César Arana del Águila como el mayor y principal autor de estos crímenes, pero también a sus secuaces y a caucheros de otras regiones de la Amazonía. Doña Grimanesa estaba como paralizada, sin atinar a hacer comentarios, salvo murmurar entre dientes: —Dios mío, ayúdanos. Dios mío, ayúdanos. Antes de despedirse, don Segundino pidió con voz serena y grave: —Tranquilícense. Estoy totalmente seguro de que mi querido amigo Miguel sabrá tomar las decisiones más oportunas y prudentes, pero no se olviden y deben estar preparadas: nada será igual en la Amazonía en adelante. Ese mismo día doña Grimanesa envió un cable muy urgente a don Miguel Acosta Sánchez, su esposo, pidiéndole más información al respecto, pero sobre todo qué decisión tomará si, tal como especulaban los medios de prensa y los políticos, las consecuencias del escándalo ocasionarían la baja de los precios del caucho, y hasta el cierre de sus exportaciones. Todo cambió a partir de ese día. En el hogar de los Acosta Cárdenas se instaló como una atmósfera de catástrofe. Doña Grimanesa empezó

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