Miguelina

82 Todavía se dieron tiempo de darse una vuelta por la Puerta de Brandenburgo, y de recibir una explicación de Evita Gunkel sobre la historia de ese monumento antes de retornar. Ya en la puerta de la calle Arthur Schopenhauer 333, doña Grimanesa le dijo a la pareja: —Don Segundino y doña Evita, no podemos pasar ni el cumpleaños de Miguelinita ni la Navidad sin ustedes. Así que la hermosa pareja está invitada el 26 de noviembre y el 24 de diciembre —les pidió doña Grimanesa con la voz temblorosa por la emoción. En los días que siguieron, Miguelina prosiguió con su rutina habitual: sus clases en el gymnasium por las mañanas, sus lecturas de Arthur Schopenhauer y de Alexander von Humboldt por las tardes, aunque a su lista se había sumado otro autor que empezó a fascinarle: Johann Wolfgang von Goethe. Entre los escritores que conocía a través de sus biografías, pocos o ninguno tenían la insaciable e inagotable sed de conocimiento y curiosidad sobre la realidad que poseía Goethe. Mientras leía su biografía Poesía y verdad, pensaba que los sabios y genios tenían que ser como Goethe: un niño que se asombra y deslumbra ante la realidad del mundo, desde una hormiguita hasta un planeta. Imaginando a Goethe de niño, joven y maduro, asombrarse de todo lo que tocaba y miraba, recordaba la frase de su profesor de quinto de primaria en Yurimaguas, Aristóteles Alegría, que solía repetirles en clase: —El secreto del conocimiento del ser humano es mirar la realidad con el asombro y la curiosidad de un niño —y seguidamente agregaba como ejemplo— un niño es capaz de convertir una escoba en un avión. Otra parte importante de su rutina eran las largas tertulias con su madre, doña Grimanesa. Casi siempre los temas de sus conversaciones eran tres: el pasado, el presente y el futuro. Miguelina le pedía insistentemente a su madre que le contara con lujo de detalles cómo había sido de pequeñita. —La Miguelinita a los dos, tres y cuatro años parecía una viejita. Hacía muchas preguntas y quería saber incluso el sexo de los ángeles —respondió risueñamente la madre.

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