81 —Estamos en los primeros años del nuevo siglo, y todo está cambiando en el mundo. La época dorada victoriana del Reino Unido había concluido, y en Europa crecen las tensiones sociales, las huelgas, los reclamos obreros y los enfrentamientos políticos. Tengo la impresión de que muchos países europeos están temerosos del poderío militar y económico que posee Alemania, y quizá tienen razón. —¿Qué pasa con Francia? —preguntó Miguelina. —El escenario francés también está convulso. Parece que la Belle Époque empieza a mostrar sus grietas. Hay huelgas, paros, violencia y desorden, y todo eso está alimentando el nacionalismo y el revanchismo. Muchos franceses aún miran hacia Alemania con resentimiento: Alemania había derrotado a Francia en la guerra de 1870, y esa herida no se ha curado, como la profunda herida que nos dejó Chile en la Guerra del Pacífico de 1879 —sentenció don Segundino Cumapa con tono reflexivo. Todos se quedaron en silencio por largos minutos, reflexionando, hasta que don Segundino quebró el silencio: —No hay que ser un curandero ayahuasquero que ve el pasado, el presente y el futuro, ni una Casandra griega para adivinar lo que va a pasar en Europa y en el resto del mundo. Yo creo que todos los países, y toda la humanidad, se preparan para una nueva era, que llegará con mucha sangre y dolor. —Cambiando de tema, don Segundino, cuéntenos, por favor, sobre su trabajo como abogado, aquí en Berlín, defendiendo a los indios —inquirió Miguelina, mirando fijamente el rostro cetrino de don Segundino. —Ufff, es un trabajo complicado la defensa de un ciudadano o ciudadana indígena o de color moreno, aquí en Alemania, por muchas causas y razones. Pero sobre todo porque el núcleo y el corazón del sistema legal alemán tiene su origen en el derecho civil romano, y es una corriente jurídica cerrada y ajena a la realidad política, social y cultural del mundo —expresó con tono serio y preocupado, para luego proseguir: —Si les contara el vía crucis que me toca vivir en la Corte de Berlín, defendiendo los derechos de ciudadanos indígenas de México, de Bolivia, e incluso un cliente aimara del Perú, es para no creerlo —manifestó con un tono de agobio.
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