Miguelina

75 —Esta tarde, Miguelinita, mejor descansemos para recuperar nuestras energías. Nos acostaremos temprano porque mañana domingo será un día de mucho ajetreo, y no olvides que nos vienen, sobre todo a ti, días muy intensos —le propuso doña Grimanesa. —Está bien, mamita. Entonces voy a aprovechar estas horas para avanzar mi libro Peregrinaciones de una amazónica, porque una vez que inicie mis clases ya no tendré tiempo —le respondió Miguelina. Temprano, tal como había prometido, llegó don Segundino Cumapa, acompañado de una hermosa mujer de cabellos rojo y ojos azules. —Les presento a mi esposa, Eva Gunkel, aunque yo la llamo de cariño la bufeíta Gunkel, porque se parece a una linda bufea colorada —y soltó una alegre carcajada, para agregar en seguida: —Ah, me estaba olvidando. Evita habla el español y está aprendiendo la lengua tupí-guaraní, o sea el Kukama-Kukamiria del Huallaga. A los pocos minutos, los cuatro hablaban como si se hubieran conocido toda la vida. En uno de esos momentos de alegre charla, doña Grimanesa volvió a preguntar a don Segundino Cumapa cómo y dónde conoció a don Miguel Acosta Sánchez. —Verá usted. Yo he ido dos veces a Iquitos durante mis vacaciones durante la universidad, para visitar a mis parientes, porque mis padres biológicos ya fallecieron. En uno de esos viajes conocí a don Miguel Acosta Sánchez, que había sido amigo de mis padres. Y así nos hicimos grandes amigos, es un hombre que yo respeto y admiro, sobre todo porque respeta y trata bien a nuestros hermanos indígenas de la Amazonía —dijo Segundino con una voz grave y afectuosa. —¿Puedo llamarte Evita? —le preguntó Miguelina a Eva Gunkel, con un tono familiar y amistoso. —No solo puedes llamarme Evita, sino también bufeíta —le respondió con una gran sonrisa de oreja a oreja.

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