68 —¿Pero por qué estoy hablando yo por ella, si Miguelinita está aquí presente? —se preguntó la madre. Entonces todos los concurrentes, rompiendo el silencio para recuperar el ánimo, pidieron a viva voz: «¡Que hable la quinceañera!». Y así fue que, expresándose en francés con acento amazónico, Miguelina comenzó: —Lo primero que quiero con todo mi corazón es agradecer la presencia de ustedes, de mi mamita, de Manuel, de Isabelita, de Violaine, Joelle, Françoise, Didier y Alain. Como le recordaba a mi madre hace unos días, cuando tenía cinco años quería que el tiempo se detuviera para vivir para siempre en el paraíso de la niñez. Hoy, al cumplir quince años, quiero que el tiempo sea como un río, como mi río Huallaga, que con su corriente me lleve hacia mis sueños. Y mis anhelos están en el Perú, en la Amazonía, al lado de las mujeres humildes, de los indígenas esclavizados y de los obreros explotados. Siguiendo ese llamado me voy, y nos vamos de aquí, pero donde esté —en París, en Alemania, en Suiza o en mi patria— ustedes estarán conmigo. Los llevaré para siempre en mi corazón —prometió. Casi no terminó de decir la última palabra porque la voz se le quebró, y las lágrimas escurrieron como pequeños arroyos, inundando sus grandes ojos pardos. Aunque una nube de nostalgia y tristeza seguía flotando en la sala, las historias que contó Didier, el can-can que entonaron Joëlle, Violaine y Françoise, y las imitaciones que hizo Manuel de famosas cantantes de cabaré fueron disipando la tristeza. Todos terminaron bailando aquellos alegres ritmos al compás de las canciones del Moulin Rouge y del Folies Bergère. La fiesta terminó entre grandes abrazos, arroyos de lágrimas y promesas de próximos reencuentros. El día que Miguelina volvió a recorrer los barrios, avenidas y calles por donde vivió Flora Tristán, en compañía de Manuel Vásquez Montalván y de su madre, doña Grimanesa, pidió detenerse en la Place Maubert, por cuyos alrededores Flora había vivido en los primeros años de su niñez con su madre, en las condiciones de extrema pobreza más duras. Mirando, con un gesto serio y solemne la estatua de Maubert, juró llevándose la
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