Miguelina

59 —Por favor, Manuel, que sea mañana domingo. Yo no tengo clases e imagino que tú tampoco —suplicó Miguelina. —Ojalá sea posible, Manuel, porque Miguelina sueña con conocer las casas y los barrios por donde vivió Flora Tristán, quizás el ser humano que más admira en este mundo, además de su padre —le suplicó también doña Grimanesa. —Mamita, a ti también te amo y te admiro —recalcó Miguelina, dirigiendo una mirada tierna a su madre. —De acuerdo, es imposible decirle no a Miguelina. Yo sé que Flora Tristán ha sido y será un ejemplo en su vida, y eso explica el enorme interés que tiene por todo lo referente a la vida de esa extraordinaria mujer —sentenció Manuel. —Muchas gracias —exclamaron en coro madre e hija, y el comedor se sumió en un mágico silencio que Manuel rompió diciendo: —Le voy a pedir también a Isabelita que nos acompañe; de ese modo buscar las direcciones será como un paseo por París para todos. Y diciendo esas palabras se puso de pie, abrazó con emoción a Miguelina, y agradeció efusivamente a doña Grimanesa, quien dijo que se había sentido en familia, y ese sentimiento le hacía feliz. Manuel tomó de la mano a Isabel, y antes de transponer la puerta para salir juntos, se dirigió a las dueñas de casa: —Mañana a las diez en punto estaremos aquí. Estoy seguro de que será un día inolvidable. Apenas la pareja cerró la puerta, Miguelina le comentó a su madre: —Esa Isabelita me cae muy bien, ¿te has fijado que se parece mucho a Pamelita Apagüeño? —Tienes razón, recién descubro por qué me llamaba la atención Isabel, además de ser la novia del primo Manuel. Es que realmente se parece mucho a tu querida amiga Pamelita —respondió doña Grimanesa, y enseguida añadió—: Ven y ayúdame a lavar y ordenar las cosas de la cocina. Mañana nos espera un día de grandes sorpresas.

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