Miguelina

48 literatura, cuya inspiración partía de la naturaleza y su espléndida belleza, con su luminosidad, sensualidad y erotismo, y que contrastaba con la mecanización de la vida y la cultura de la segunda Revolución Industrial. Su segundo asombro lo vivió admirando la Tour Eiffel: 300 metros de altura y más de diez mil toneladas de peso. Miguelina quedó muda por largos minutos, pensando que el genio del ser humano es capaz de construir esa y otras maravillas, pero es incapaz de construir la justicia entre los seres humanos. —¿Qué piensas de la Tour Eiffel? —le preguntó Manuel Vásquez Montalván a Miguelina. —He conocido torres más altas que esta en la Amazonía —respondió ella con tono de humor y un gesto pícaro. —¿Hay torres más altas que la Tour Eiffel en la Amazonía? —le preguntó con evidente sorpresa Manuel Vásquez Montalván, a lo que doña Grimanesa dirigió también una mirada con alta dosis de curiosidad hacia su hija. —Los árboles de lupuna son las torres vivas más altas de la Amazonía porque tocan hasta el cielo —respondió con una risa festiva, provocando también en su madre y en Manuel estallidos de carcajadas. Regresaron casi al anochecer a su departamento, siempre acompañadas por el pariente yurimagüino. Antes de que este se despidiera, su prima Grimanesa le dijo: —Mañana por la noche te invitamos a cenar con nosotras. Queremos agradecerte por habernos recibido en París y por acompañarnos en estos primeros días, en una ciudad tan grande y desconocida para nosotras. —Con mucho gusto, prima. A las nueve estaré aquí —respondió Manuel, con una sonrisa afectuosa. Por algunas razones, causas y motivos que su madre, doña Grimanesa, nunca supo explicar ni entender, Miguelina se sumergió durante esos primeros días en París en una honda tristeza. Para hacerla hablar, le

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