Miguelina

44 —No, hijita. Pero tengo anotado en mi libretita que vamos a desembarcar en el puerto de Albert Dock, y de allí iremos en un coche directamente a Lime Street Station, la estación donde tomaremos el tren que nos llevará a París —le explicó su madre—. Miguelinita, tranquila, hijita. Toma tu diccionario y practica tu inglés —agregó doña Grimanesa sonriente, tratando de calmarle los ánimos. Cuando el Gregory atracó en el muelle, una multitud esperaba en la explanada. Miguelina leyó en uno de los muros de la gran construcción portuaria: «Albert Dock, 1846». «Tiene un poco más de medio siglo este muelle, pero se ve como si fuera recién construido», pensó la niña mientras admiraba el buen estado de los almacenes y de las instalaciones portuarias. Todavía en el barco, doña Grimanesa había cambiado cinco de sus cincuenta libras esterlinas en chelines y peniques. Por cinco chelines un joven cargador llevó sus maletas hasta uno de los coches en la entrada del Albert Dock. Con su inglés bola bola, como se dice en la Amazonía a los que no hablan bien una lengua extranjera, doña Grimanesa le dijo al cochero: —We are going to Lime Street Station. We are going to Paris. —Okay —contestó lacónicamente el cochero, y azuzando a sus caballos los enrumbó hacia la estación. Una hora después Miguelina, agarrando las manos de su madre, miraba por la ventana del tren cómo las calles, avenidas, plazas y gentes iban desapareciendo, tragadas por la velocidad del tren, que empezó a devorar también viñedos, bosques y granjas de vacas y caballos. Llegaron por fin a la estación de Lyon, en París, tras quince horas de viaje atravesando Europa. Miguelina había dormido durante todo el trayecto, y solo despertó un momento cuando su madre le avisó que, desde una estación anterior, había enviado un telegrama a su primo Manuel Vásquez Montalván, que vivía en París desde hacía cinco años y les había prometido esperarlas en la estación de Lyon, una de las más grandes y modernas de París.

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