Miguelina

38 —Cada día me gusta menos la comida del barco. Extraño mucho mi comida yurimagüina —dijo Miguelina, haciendo un mohín en el rostro. —Yo también echo de menos mi juane de paiche, mi patarashca de sardina, mi chapo de plátano, pero ni modo. Solo nos queda acostumbrarnos a esta comida europea. No te olvides que viviremos algunos años en el Viejo Mundo y no nos quedará más que adaptarnos a su comida y a sus costumbres —le aconsejó su madre con un tono amable. Después del almuerzo caminaron un buen rato por la cubierta, mirando el horizonte marino infinito y luego se fueron a descansar a su camarote. Antes de quedarse dormida, doña Grimanesa le dijo a Miguelina: —Como el viaje es largo, para no aburrirnos a partir de mañana te contaré historias de la Amazonía como si fueran Las mil y una noches. Yo seré una especie de «Sherezade», pero te las contaré cuando tú te canses de leer tu libro preferido y de hacer apuntes en tu libreta —prometió doña Grimanesa Cárdenas Montalván a su hija Miguelina, que empezó a cerrar los ojos, quedándose profundamente dormida. Habrían dormido dos horas o más, porque ya era la hora crepuscular, cuando Miguelina empezó a quejarse extrañamente y a lanzar gritos que despertaron abruptamente a su madre. Doña Grimanesa se levantó rápidamente y se acercó a su hija, la empezó a mover y sacudir, primero suavemente y luego con más fuerza y energía, llamándola por su nombre: —¡Miguelina, Miguelina, despierta, despierta! Miguelina abrió sus ojos pardos cargados de pánico. Atrapó con fuerza los brazos de su madre y con la voz temblorosa le dijo: —Fue una horrible pesadilla, mamá. El barco se estaba hundiendo y tú y yo nos estábamos ahogando. Mi padre estaba en la orilla del mar, una orilla muy lejana, y gritaba nuestros nombres, pero nosotras apenas lo escuchábamos, y él pensó: «No hay forma de llegar al barco nadando, llegaré demasiado tarde, cuando las dos se hayan ahogado», pero de todos modos se lanzó al mar y empezó a nadar con fuerzas, y yo me despedía de él con las manos, antes de hundirme en el océano —le contó Miguelina, sollozando.

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